jueves, septiembre 13, 2012

ECONOMÍA LITERARIA



Acabaremos vendiendo lo nuestro -libros, cuadros, lo que sea- en un tenderete callejero. Y puede que hasta nos guste. Al tiempo, si no.

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No publicarlo todo. Tener al menos un par de inéditos guardados, como quien guarda unos sacos de patatas, para cuando llegue la sequía.

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A ese inminente lector que, llevado por la amabilidad, está a punto de empezar a leernos  por lo primero nuestro que encuentra, que suele ser algún libro perdido desde hace años en los estantes de una biblioteca o en un remate de libros viejos, ponerle en las manos lo antes posible lo último que hayamos publicado, para resarcirlo.

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Guardar lectores que nunca nos hayan leído para nuestro gran libro futuro, si es que llega.

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Nunca se ha sentido uno más profesional de esto que en aquellos tiempos heroicos en los que el cobro de una colaboración te permitía llegar a fin de mes. 

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Quien te roba una idea -ay de las confidencias entre escritores- más bien te hace un favor.

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"Invertir a pérdida", me aconseja este amigo con ínfulas de economista. Quiere decir que me resigne a escribir sin cobrar.

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Da más pena el editor que cierra que el escritor que no gana nada con lo que escribe; por lo mismo que, en términos macroeconómicos, es más doloroso el cierre de una panadería que el hecho de que mucha gente no pueda permitirse comer pan.

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Esos escritores de las películas que, cuando están a punto de morir de hambre, reciben un cheque de una revista de Nueva York a la que habían mandado un relato. En España (o. simplemente, en la realidad) la literatura no sería nunca remedio, sino causa de todos los males.

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Que no haya vida después de la muerte, al fin y al cabo, nos libra del sarcasmo de asistir, si es que la merecemos, a nuestra fama póstuma.

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