viernes, septiembre 21, 2012

EL LESULA

Quizá lo más llamativo de la noticia del descubrimiento de una nueva especie de mono en el Congo haya sido el hecho de que el espécimen que atrajo la atención de los científicos vivía en cautividad –era la mascota del maestro de una aldea–, y sus congéneres, una vez identificadas las poblaciones correspondientes, han sido ya declarados en peligro de extinción, pues son cazados y comidos por los nativos. 

Y el caso es que a uno, ante la inquisitiva mirada del ejemplar que fue fotografiado para los periódicos, se le ocurrió la idea de escribir un artículo que se alejase un poco de la habitual y deprimente actualidad noticiosa y se remontase a los ámbitos de la especulación gratuita, el asombro compartido, las constataciones gratas. Y todo porque, en fin, no todos los días tiene uno ocasión de responder al reto mudo de una fisonomía levemente familiar, que parece plantearnos, desde su mirada franca y desde la compostura de su rostro barbado, el gran reto que nos plantean siempre estas criaturas que, por próximas, parecen poner en entredicho nuestra propia humanidad. 

Porque lo cierto es que, frente al mono que un buen día decidió alzarse sobre sus cuartos traseros y adaptar el resto de su anatomía, sus movimientos y su configuración cerebral a la nueva realidad que se desplegaba ante sus capacidades recién adquiridas, hay que considerar el gesto, bastante más comedido, del que decidió seguir desplazándose sobre sus cuatro patas; sin que eso le impidiera, por otra parte, desarrollar su infinita curiosidad o valerse de sus manos con tanta soltura y delicadeza como sus parientes bípedos. Ya en ese lejano momento de nuestro pasado biológico nuestros ancestros se dividieron entre los que se lanzaban al vacío de la novedad y quienes, más sosegadamente, preferían atenerse a lo conocido. Tampoco a éstos últimos les fue mal: por lo que seguimos constatando –y el descubrimiento de esta última especie no hace sino corroborarlo–, se diversificaron incluso más que los homínidos, y no necesitaron, como éstos, asegurarse la extinción de todas las especies afines para prevalecer. Todavía hay leyendas que hablan de nuestro temor a esos enemigos extinguidos, a los que casi siempre vemos como humanoides gigantescos y peludos, que nos acechan en lo hondo de un bosque o en las regiones más inaccesibles. Y quién sabe si ese temor, como otros que nos atenazan, no responderá a un lejano remordimiento. 

De eso quería uno escribir: de las preguntas que el recién descubierto –así lo llaman los nativos– plantea al desocupado lector. Pero ha prevalecido su condición de prisionero, de nueva víctima de esa especie que se impone a fuerza de extinguir otras. Y por eso ha terminado uno escribiendo la primicia y el epitafio a la vez. Qué mal.


Publicado ayer en Diario de Cádiz

No hay comentarios: