viernes, septiembre 07, 2012

PECHOS

El topless, leí al inicio del verano, está en franca decadencia. Y la verdad es que la noticia me llenó de preocupación. Dirán ustedes que cosas más graves y urgentes han ocurrido en las últimas semanas. Pero está uno convencido de que el pulso de la realidad es mucho más perceptible en lo nimio que en lo aparentemente importante. ¿Qué tiene que ver un huracán con la realidad? ¿Qué tiene que ver con ella, si me apuran, la cotización de la deuda? Lo uno es un accidente de la naturaleza, lo otro de la voluble economía; pero en ninguno de esos asuntos captarán ustedes la deliberación, la confluencia de voluntades, que encierra la noticia que motiva estas líneas. En Francia, decía, que es donde se estableció la convención de que las mujeres podían y debían tomar el sol a pecho descubierto, esta práctica está en franco retroceso. Y en Estados Unidos, donde la defienden influyentes grupos feministas, ni siquiera ha llegado a cuajar. Aquí en España la cosa sigue más o menos como estaba, porque las modas tienden a demorarse en aquellos lugares en donde su implantación fue renuente y tardía. Lo que no significa que los síntomas del cambio de tendencia aludido pasen desapercibidos al buen observador. 

Y es que nada dice tanto del ánimo colectivo como la voluntad de desnudarse en público o considerar la desnudez ajena como algo normal, no necesariamente provocador y, por supuesto, en absoluto escandaloso. Decía Fourier, mi socialista utópico favorito, que las aristocracias tenían una inclinación natural a la orgía. Si despojamos esta palabra de su resonancia retórica, y entendemos que alude simplemente a cierta desinhibición generalizada en las costumbres, podría aplicarse a lo sucedido en Europa en las últimas décadas. Los europeos éramos la aristocracia del planeta, es decir, la parte de la humanidad que disfrutaba de cotas más elevadas de bienestar, lo que necesariamente hubo de traducirse en una creciente desinhibición en los comportamientos. Desnudarse en una playa no era sólo señal de tener una mente abierta, sino toda una declaración de principios frente a la parte de la humanidad que, en nombre de principios diametralmente opuestos, prefiere cubrirse de la cabeza a los pies. Aquí hacíamos –hacemos– todo lo contrario. Y hay que reconocer que no hay imagen más reconfortante y tranquilizadora que una playa donde millares de personas semidesnudas conviven civilizadamente y respetan las decenas de convenciones tácitas que regulan una situación así: entre ellas, la de mantener ciertas distancias, o la de fingir una elegante indiferencia… Era un símbolo de abundancia, como los pechos de Deméter lo eran de fecundidad en la antigua Roma. Ahora las mujeres, dicen, han empezado a ocultarlos. Sabe Dios lo que vendrá después. 

Publicado ayer en Diario de Cádiz

1 comentario:

Olga Bernad dijo...

Desde luego,dada la relación entre los pechos femeninos y la abundancia, tal vez ocultarlos en medio de estas circunstancias sea un simple gesto más o menos consciente de adecuación a la realidad.
Detalles que parecen ser el empezose del acabose. Espero que no acabemos todos con el mismo uniforme, del tipo que sea.