miércoles, septiembre 12, 2012

POSTDAM

La (grata) rutina del artículo semanal. En contra del elemental principio periodístico que aconseja inmediatez, me gusta darme cierto margen de seguridad para escribirlo con calma. Tal vez, pienso, porque en los veintitantos años que llevo escribiéndolos, nunca he perdido del todo el miedo a quedarme en el último momento sin saber qué decir. O porque esa distancia, quizá, es connatural a mi modo de ver las cosas. No sé. Cuando las circunstancias han impuesto premura, tampoco me he arredrado. Pero...


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Después de las ferreterías, las papelerías son las tiendas que más me fascinan. Acudo hoy a una, comisionado por mis obligaciones, para encargar algún material que necesito para mis deberes sobrevenidos de bibliotecario escolar. En estos casos, en vez de atenerme a mi fatalista actitud de conformarme con lo que haya, describo meticulosamente lo que busco y hago que el dependiente tome nota y haga un pedido a su proveedor. Tampoco es que me ponga demasiadas pegas. Al fin y al cabo, pienso, las escuelas son las únicas instituciones públicas que todavía pagan con dinero contante y sonante...


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Las oigo hablar del "proyecto fin de carrera" y de otras vicisitudes de la vida universitaria en el mismo tono y con la misma inconsecuencia -y también, con la misma parla infantiloide- que las semianalfabetas que salen en los programas juveniles de telerrealidad a airear sus problemas sentimentales. Hoy en día el paso por una universidad no implica necesariamente la adquisición de una pátina añadida de refinamiento, sino, en algunos casos, más bien todo lo contrario: una cierta regresión a los peores momentos de la adolescencia. Y me acuerdo de una escena de Los Soprano, en la que Tony, al preguntarle su hija por las razones por las que no terminó sus estudios universitarios, le confiesa que en aquellos tiempos le gustaba la Historia, y que disfrutaba con cosas como "la Conferencia de Postdam". "¿Qué es eso?", le espeta la hija, que anda en la tesitura de ser admitida ella misma en alguna universidad, y que, por tanto, debería saberlo. Y no sé si por salvar la cara de su hija o por ese cinismo de la incultura confesada que parece tan del agrado del norteamericano medio, le responde: "Yo tampoco tengo ni la menor idea".    

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