miércoles, septiembre 19, 2012

UN CASO PERDIDO

Uno está hecho a lo que está hecho; y fuera de este mundo no es nada, como dentro tampoco. Yo me explico.


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A ver cómo me las arreglo para decir algo a favor de Ishtar, el disparate con el que se cierra la breve pero brillante filmografía de Elaine May. Y no sólo porque le guste a mi amiga E., sino porque yo mismo me empeño en ver alguna concordancia entre esta chusca despedida y las tres obras maestras que la preceden. Tiene esta película algo de broma entre amigos, al estilo de las que se permitían John Ford (La taberna del irlandés) o Howard Hawks (Hatari!); y es, al mismo tiempo, un logrado conjunto de guiños cinéfilos, a cuál más irrespetuoso; siendo el más evidente de ellos el que conduce al modelo mismo de los dos cantantes y compositores protagonistas, que no es otro que la pareja de músicos aficionados que protagoniza Bésame tonto, la celebrada película de Wilder. Es como si los poco escrupulosos personajes de Wilder -recuérdese que uno de ellos llega a contratar a una prostituta, Polly the Pistol ("Polly la Bomba" en la versión española) para que se haga pasar por su esposa y sirva de cebo para llamar la atención de un famoso cantante, de paso por el pueblo- hubiesen sido arrancados del universo provinciano en el que los situó Wilder para ser soltados en el burdo cosmopolitismo de tebeo en el que Hollywood se amparó para dar la espalda al ácido realismo de las décadas precedentes. Los protagonistas de Ishtar están en esta misma tesitura desesperada que los de Wilder -no se comen una rosca, profesionalmente hablando-, y en los primeros veinte minutos de la película, que son los de andadura más ortodoxa, no sabemos si terminarán recurriendo a algún ardid tan desmoralizador como el que articula la película del vienés. Sólo que estamos a mediados de los ochenta, y en el cine del momento -el que ha visto triunfar a Lucas y Spielberg- no hay lugar para la comedia  moralista, ni siquiera en la versión cínica que propone Wilder, y lo que hacen May y sus guionistas es plantar a sus músicos del tres al cuarto en medio de una descabellada mezcla de Indiana Jones y Cocodrilo Dundee, aderazada con algunos toques de irreverencia política propios del cine de la década anterior. El resultado ya se sabe cuál fue: un bodrio que parece despertar la indignación unánime de todos los que han escrito sobre él. Y no es para tanto. Quizá por lo ya dicho: porque cabe interpretar que Ishtar es la quema de naves de quien, después de haber filmado una delicadísima tríada de comedias centradas en la demolición de otros tantos arquetipos masculinos, se despide con una especie de astracanada protagonizada por dos de los actores que más característicamente encarnaron esos arquetipos en la década precedente: el apocado Dustin Hoffman, el arrogante Warren Beatty. Y, bueno, salió lo que salió.


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En vista de lo que precede, creo que he equivocado la vocación. Lo mío era abogado. De casos perdidos.

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