viernes, septiembre 28, 2012

VOCES Y ECOS

No tiene uno cuerpo de manifestante. Claro que, como a la fuerza ahorcan, he ido a más de una manifestación, y experimentado el vértigo que se produce cuando el pobre ego propio se ve centuplicado por el poder y las energías de una masa. Pero eso es más biología que política, y apenas explica el resquemor racional que los solitarios sentimos hacia esta clase de actos. Además, como tendemos a ser parciales en estas cosas, casi siempre nos parecen bien las manifestaciones que defienden lo que uno, y horrendas, gritonas y desaprensivas las que defienden lo contrario. Y es que eso es lo malo que tienen los actos de masas: igual de fácil es convocar uno para defender lo blanco que para defender lo negro, y tanta gente acude a lo primero como a lo segundo. Lo hemos podido ver muy recientemente: lo mismo acudió gente a una gran manifestación -que contaba con mis simpatías, para qué negarlo- en contra del actual establishment político (la convocada en los alrededores del Congreso de los Diputados, en Madrid), que a la que destacados miembros de ese mismo establishment (en concreto, quienes gobiernan la comunidad autónoma más rica de España) convocaron hace unas semanas para que la ciudadanía respaldara ciegamente su proyecto político, presentado ahora bajo el marchamo independentista… 

En la última manifestación en la que estuve, me asombró comprobar que, entre quienes marchábamos aparentemente al unísono en defensa de ciertos principios comunes, había grupos y consignas que preconizaban cosas diametralmente opuestas y enfrentadas entre sí. Había quienes defendían que sus labores no fueran usurpadas por colectivos aparentemente no cualificados para desempeñarlas, y había representantes de esos colectivos que reclamaban su lugar en el sol. Había quienes estaban en la manifestación porque creían que se hacía contra un gobierno de derechas (el nacional), y había quienes se habían sumado a la misma convencidos de que se hacía contra un gobierno de izquierdas (el regional). Había, por último, junto a personas a las que respeto y admiro, y junto a las cuales me llenaba de orgullo ocupar la calle, otras con las que me negaría tajantemente a tomar siquiera un café; y no tanto por manía personal, como por diferencias esenciales respecto a asuntos que también atañían a la propia protesta que aparentemente compartíamos. 

La historia de España demuestra sobradamente que en muchas ocasiones las voces más sabias y lúcidas del momento fueron ahogadas por el griterío de unos y otros. Eso no quiere decir que la gente no deba airear su descontento cuando lo cree necesario. Pero lo importante es lo que decía Machado: pararse a escuchar y distinguir las voces (algunas sobradas de razón) de los ecos, tan confusos casi siempre. Y tan molestos.


Publicado ayer en Diario de Cádiz

1 comentario:

Rafael dijo...

El final de Machado, ¡redondo!