martes, octubre 02, 2012

ANACREÓNTICA


Olores. La suma de los de la sierra, ayer -la tierra mojada, las primeras tufaradas de las chimeneas, la mezcla de los olores de todas las hierbas circundantes-, era un perfume hondo, intenso, vagamente mentolado, fresco y vivificante. El del mar, hoy, dominado por el de las algas que el temporal ha arrojado a la orilla, es picante, más animal que vegetal, y con un estimulante componente yodado que despeja las fosas nasales y parece repercutir en alguna zona primitiva del cerebro, aquella donde se guardan, para los usos más o menos inconfesables que cada cual  les quiera dar, los olores primigenios de los que está hecha la memoria instintiva de la especie. No sabría uno con cuáles quedarse. Tiene uno el corazón tan dividido como el olfato.

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Y un sabor para las tardes invernizas por venir: el del vino que llaman oloroso. Seco.  

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En cuanto a alimento sólido, ayer lo apuntábamos: morcilla de hígado. Que sabe a pobreza sabia y bien administrada, como corresponde a los tiempos.

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