viernes, octubre 19, 2012

BAUMGARTNER

Quizá lo más sorprendente del espectacular salto en caída libre desde la estratosfera que ha dado el ¿deportista? ¿astronauta? Felix Baumgartner sea que la noticia no ha generado la habitual contrapartida de reticencias, críticas y comentarios moralistas, del tipo "el dinero que se ha gastado en eso podría haberse empleado mejor en otra cosa"; lo que es casi tan llamativo como el salto en sí, y revela que el estado de ánimo mundial no está para muchos sermones, y sí abierto a cualquier realización humana que haga volar -nunca mejor dicho- la imaginación. Y no es del todo casual que, en el trillado caudal de metáforas que han pasado al lenguaje cotidiano, haya tantas que tengan que ver con el deseo humano de recorrer las alturas, aunque sea en caída libre, con la menor cantidad de aditamentos mecánicos posibles. Así parece haberlo entendido la opinión pública planetaria. La gravedad, lejos de representar una limitación, es una poderosa fuente de emociones de todo tipo. Incluso soñamos con ella, con dejarnos llevar placenteramente por su impulso, en lo que algunos interpretan como prefiguraciones del desahogo sexual. Y la única pena, ay, es que exista un suelo contra el que terminan estrellándose inexorablemente todos los cuerpos que caen. 

No ha sido éste el caso, por suerte. Cuidadosos cálculos le han permitido a este proyectil humano soslayar los muchos peligros que acechan a un cuerpo vivo en una caída libre de cuarenta kilómetros; hasta el momento, inimaginable para quienes nunca viviremos semejante experiencia, en el que el bólido viviente abdica voluntariamente de su más que probable borrachera de alturas y velocidad y, haciendo gala de un supremo control sobre sí mismo, acciona su paracaídas… Quienes seguían el salto respiraron entonces aliviados. Y más de uno, supongo, se acordaría de otros momentos en los que emociones parecidas terminaron en súbitas catástrofes presenciadas en directo por millones de espectadores. El desastre del Challenger, por ejemplo, en 1986, cuando este "orbitador" de la NASA estalló a los pocos segundos del inicio del que iba a ser su décimo vuelo.

En esas ocasiones, hay siempre quien se acuerda de la vanidad de todos los designios humanos, muchos de los cuales terminan en dolorosos fracasos. Pero sin asumir esos riesgos, también se ha dicho, es posible que todavía estuviéramos andando a cuatro patas. Porque quizá el primer reto del ser humano en ciernes fue ése: alzarse sobre sus cuartos traseros y, tras unos pasos tambaleantes, experimentar la sensación de haber conquistado una nueva dimensión de la realidad. En eso estamos todavía; pese a las muchas incitaciones que todavía nos urgen a regresar a nuestra antigua condición de cuadrúpedos sin horizonte, y sin curiosidad por atisbarlo.

Publicado ayer en Diario de Cádiz

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