jueves, octubre 25, 2012

CAIRO

Caen en mis manos algunos ejemplares de la ya lejana revista Cairo, un cómic que tuvo amplia circulación a comienzos de los ochenta. Estaban en una caja de cartón, en un trastero, e iban a tirarlos a la basura. Y aunque no parecen muy baqueteados -se ve que no han  tenido muchos lectores-, sí presentan el tacto quebradizo y polvoriento del papel viejo. Los abro con ciertas precauciones, como si temiera que saliera de ellos..., no sé, un enjambre de lepismas, o el fantasma de algún moderno de aquellos años, despertado por mi torpe mano de su sueño eterno entre sábanas de papel. Y el caso es que me traen muchos recuerdos. Son del año 81; según la cronología de mis novelas sobre la Transición, estarían más cerca de la segunda entrega, Vida nueva, situada a finales el año 78, que de la tercera, Ronda de Madrid, que se ambienta en el otoño del 86.  Y, sin embargo, es en ésta donde se considera retrospectivamente ese momento de la evolución estética y sentimental del protagonista en el que éste rompe con los gustos heredados de la década anterior y se entusiasma con lo que parecían que iban a ser las novedades plásticas, musicales, etc. de un tiempo más relajado y gozoso que el inmediatamente precedente, tan abrumado de consideraciones políticas e ideológicas. Tan grande era la identificación estética de muchos -entre quienes me incluía- con aquellos aires de renovación, que incluso hubo quien aplicó a la poesía del momento la etiqueta genérica de aquellos cómics, que se autodenominaban de línea clara. Creo que fue Luis Alberto de Cuenca quien postuló ese marchamo en vez del mucho más pretencioso y confuso de "poesía de la experiencia". 

Y es que la tendencia en la que se situaba Cairo defendía un tipo de tebeo en el que predominara el dibujo nítido y los argumentos ligeros, basados en los códigos genéricos del cine policíaco o de aventuras y de la novela de lo mismo, frente al intelectualismo y el acabado "sucio" de los cómics en boga hasta entonces. Menos Alberto Breccia, por ejemplo, y más Hergé o Tardi, pongo por caso. Lo que, lógicamente, tenía una lectura política, ya explícita en los "editoriales" de los primeros números de la revista, muy condescendientes con la crítica progre del momento, atenta a las nuevas corrientes pero extraordinariamente poco perspicaz a la hora de entenderlas o calibrar su importancia. Aún recuerdo cuánto me divirtieron las historietas en las que el catalán Montesol se burlaba de aquellos cuarentones que, en poco más de un lustro, habían pasado del fular y las melenas a los trajes de Adolfo Domínguez, y de la lectura del Libro rojo de Mao al entusiasmo por la novela negra o, en una segunda fase, por la estética de los tebeos y los anuncios de televisión. Hubo un momento en el que el veinteañero irreverente que fui usaba estas historietas para zaherir a sus mayores. Con una vaga conciencia, eso sí, de que tampoco era uno tan joven como para no haber asimilado mucho de los gustos e incluso de las actitudes de éstos.

De todo esto me acuerdo ahora al hojear estos viejos tebeos amarillecidos. Sonrío al pensar que alguna vez pude tomármelos tan en serio... y divertirme tanto al mismo tiempo. Hoy me divierto menos, creo, pero soy más feliz en líneas generales. Y puede que más ecléctico y tolerante. No sé si me explico.

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