martes, octubre 09, 2012

COMEDIA

Viendo la última de Woody Allen, tan mala, se pregunta uno hasta qué punto un autor tiene derecho a malbaratar así su obra. Porque lo cierto es que los tics gastados, repetidos, de los que hace uso en esta anodina A Roma con amor extienden su efecto pernicioso a películas que nos parecieron buenas hace veinte o treinta años, y que ahora, vistas bajo el efecto de la pésima impresión causada por la última, tienden a parecérrnoslo menos. Deconstruyendo a Harry, por ejemplo, que ya era una película de vejez, tras la que esperábamos que Allen cerrase elegantemente el grifo de su ingenio. No ha sido así, y no sabemos hasta qué punto este contagio retrospectivo la herirá de muerte -y estaba entre mis preferidas-, como al resto.

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Impresión de que, a la salida del cine, de madrugada, en medio de estos aparcamientos desolados, puede ocurrirte cualquier cosa. Y que el cine y el complejo comercial donde lo han ubicado eran sólo una trampa para incautos.

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Respuesta de una señora visiblemente irritada al empleado de correos que se declara impotente para solucionarle su problema -un recibo a punto de vencer, pero que no puede ser abonado en esa dependencia, ni, al parecer, en ninguna otra-: "¿Sabe qué voy a hacer con este papel? Limpiarme el culo con él".Y hace un gesto muy gráfico, que se queda como inscrito en el aire, en esa espesa atmósfera donde se mezclan las respiraciones de las al menos treinta personas que hacen cola para resolver sus propios asuntos. Y yo, que también tengo mi papelito en la mano -un inocuo aviso de llegada-, me quedo mirándolo, como si de pronto se hubiera convertido en algo inmundo. Y el caso es que lo que vengo a recoger -y yo todavía no lo sé- son unos cuantos libros del diáfano, limpísimo -aunque también muy irritable, cuando le tocan la fibra sensible- J.R.J.

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También el patriotismo -incluso el mío, que es básicamente lingüístico y cultural- tiene sus horas bajas.

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A comprar unas bombillas, para reponer algunas que se habían fundido en las últimas semanas, y que, por pereza, no había reemplazado. La encargada de la tiendecita de electricidad a la que habitualmente acudo para estos menesteres abre diez minutos tarde. Y cuando me ve en la puerta, esperándola, me mira como preguntándose a qué vienen estas urgencias, que le impiden empezar el día como seguramente ella acostumbra: con un largo intervalo de soledad tras el mostrador, pensando en sus cosas y sin que nadie venga a importunarla. Y es que el comercio tradicional, como se descuide, va a perder su rasgo definitorio más característico: la impresión que suele dar de que, en estas tiendas, lo de menos es vender, y el comprador apresurado o verdaderamente necesitado del producto que sirven no es nunca bienvenido. 

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Días en que hasta las conversaciones casuales que uno oye al pasar parecen escritas por un dramaturgo moralista, empeñado en castigar las costumbres de sus contemporáneos. Días que son una mala comedia.

3 comentarios:

Enrique García-Máiquez dijo...

Ese contagio retrospectivo lo estudió Bousoño en sentido positivo. Los buenos libros de un autor mejoran sus libros primerizos. Aunque también puede ser que hablase del contagio retrospectivo en ambos sentidos y que yo entonces sólo me quedase con la lectura optimista. Hoy la tuya, sobre Woody y como aviso a navegantes, me ha impresionado vivamente.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No conocía esos estudios de Bousoño. Digamos que los libros maduros de un autor arrojan alguna luz sobre lo que podía salir de los menos buenos; pero eso no mejora necesariamente nuestra apreciación de estos últimos. En cuanto a lo contrario... no sé. Lo menos que se puede temer de una obra tardía mala es que deje al descubierto los inevitables tics que quizá se emplearon con más acierto en las buenas. En el cine, al menos, es muy evidente, aunque no sé si generalizable, claro.

Rafael dijo...

¡Pobre empleado de correos, cuanto más le bajan el sueldo, con peores humos lo tratan!