martes, octubre 16, 2012

CUÁNTO CELEBRA UNO

Todavía me duele la uña del dedo gordo del pie izquierdo, sobre la que me cayeron el otro día los tres tomos, contenidos en su caja-estuche, de los diarios de este escritor convecino, fallecido ya...  Precisamente esa tarde se le dedicaba un homenaje, al que yo, celoso de conservar para mí ese único hueco libre en una semana muy ajetreada, decliné asistir. El escritor en cuestión fue siempre una persona quisquillosa. Y no me cabe la menor duda de que la caída "accidental" de su obra más voluminosa sobre mi pie, mientras yo manipulaba unos libros del mismo estante, fue su venganza por mi desconsideración. Y lo imagino esbozando esa risita suya de conejo que le salía cada vez que se le ocurría alguna travesura y la llevaba a cabo.


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Viene una niña de catorce años a pedirme Rayuela. Y le pregunto si es porque se lo han mandado leer. "No, es por gusto", me dice, un tanto cohibida. Y yo, para congraciarme con ella, le digo que ha elegido muy bien, que es un libro muy bueno, etc. Quizá, pienso, sea una lectura un poco prematura para alguien tan joven. Aunque de efectos inocuos, por supuesto; porque el posible mal que pueda hacer -en sentido figurado, claro- está hecho ya, desde el momento en el que un genio inquieto le dice a esta chica que deje a un lado sus juguetes, su cacharrería electrónica, sus cotilleos en el Tuenti, y se enfrasque en este libro tan complicado y tan simplón al mismo tiempo; y tan apto, por ello, para encandilar a los lectores predispuestos. 

A veces este trabajo mío sobrevenido de bibliotecario escolar me sume en estas melancolías.


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En estos malos tiempos, cuánto celebra uno que le paguen un artículo. Corre uno enseguida a sacar el dinero y a gastarlo, no vaya a ser que se arrepientan. Y se empieza a entender la relación peculiar que la vieja bohemia literaria -es decir, los escritores pobres- tenía con el dinero. Apenas lo veían. Pero, cuando les tocaba ganar un poco, qué fiestones, qué banquetazos se daban. Y qué sombreros, cintas, medias, les compraban a sus queridas.

1 comentario:

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

A uno lo confían trabajos que no entiende y también trabajos que no pide. En todo caso, lo de Rayuela, esa niña de catorce años, es una anomalía estupenda del imperio de los bits. Puede suceder que se pierda en el juego, en el libro, pero bendita pérdida. Lo único malo, caso de que se den ciertas circunstancias, es que reniegue de libros recomendados y se pierda, ay, como tantos, en la mercadería del carrefour, del expeditivo mercado de los vampiros y de las niñas con hormonas amplificadas. Tampoco está, en el fondo, mal. Leer es el asunto. Lo siento lo del dedo. Uno mío, malogrado en días de playa con la familia, me incitó (no sé todavía bien cómo) a escribir a diario en mi blog. A veces pienso (distópicamente) qué otra realidad se hubiese desplegado sobre el mapa del tiempo si el dedo no se hubiese torcido, si me hubiese quedado en casa leyendo la prensa como quería.