lunes, octubre 08, 2012

EN BLANCO


Veinte telas en blanco. Sabíamos ya lo que íbamos a ver, pero la verdad es que la imaginación había añadido a la cosa un misterio que no tenía, y que tampoco le hacía falta. Porque no, no se trataba de una exposición conceptual, en la que el adorno e intríngulis de lo expuesto corriera a cargo de la capacidad especulativa del espectador, o de su capacidad para decir vaguedades supuestamente profundas mientras sostenía una copa de vino en una mano y un canapé en la otra... Aunque la verdad es que tampoco había canapés, sino un honradísimo jamón de la tierra, cedido por un comerciante del pueblo, y unas apetitosas patatas fritas, aportadas también por un obrador local. Y no, no se trataba de ninguna chorrada vanguardista, por más que los veinte lienzos en blanco no dejaran de provocar cierto desconcierto entre las cincuenta personas allí congregadas. Tanto, que hubo quien, como yo, distinguió sutilísimos matices diferenciales entre una tela y otra. "Antonio, ¿por qué la trama de ésa de ahí es más basta que las de las otras?", me atreví a preguntarle al pintor. "No, por nada, Simplemente es que, cuando llegaron los lienzos que había pedido, uno venía rasgado y he tenido que sustituirlo por otro que tenía en casa. Y la trama es más gruesa porque es de los que utilizo para pintar a espátula...". Lo que dejaba las cosas suficientemente claras; porque, de haberse tratado de un happening, o de un evento vanguardista, el lienzo rasgado hubiera ocupado un lugar de honor, y acaso alguien se habría acordado de las telas acuchilladas que hicieron famoso a Lucio Fontana, por ejemplo, o de las ocurrencias del llamado arte povera.

Pero no. La cosa era mucho más sencilla. El veterano pintor Antonio Rodríguez Agüera se había comprometido a pintar veinte cuadros de gran formato ante sus conciudadanos; y lo único que pedía a cambio era que diez de éstos corrieran a cargo de los gastos; lo que, teniendo en cuenta que el patrocinio los convertía en dueños de otras tantas pinturas terminadas, no era en absoluto un mal trato. El ayuntamiento de Ubrique cedió el espacio -el claustro del convento desacralizado que hoy acoge el Museo de la Piel-. En las tímidas palabras de presentación que se vio obligado a pronunciar, el pintor -un hombre menudo, curtido, con aspecto de campesino y ojos pequeños y penetrantes- ni siquiera intentó adular a los asistentes o a los patrocinadores. Anunció, más bien, que esos cuadros iban a ser personales y difíciles, como lo son, por lo que he visto, algunas de sus últimas realizaciones. Agüera, que ha sido y es un gran paisajista, no siente ya el prurito de lucir su virtuosismo. Su actitud se parece mucho ahora a la de un calígrafo japonés que hubiese pasado por Nueva York -en su juventud bohemia, dicen, este hombre se ganó allí la vida pintando en las calles-  y recalado, al regreso, en la pintura minimalista del último Ramón Gaya. 

Tiene uno curiosidad por ver qué sale de este empeño casi taurino -por lo que tiene de semejanza con esas corridas en las que un solo diestro despacha a los seis toros-. De aquí a unas semanas o meses, estas veinte telas lucirán colores y figuras. Vienen a sellar -provisionalmente, claro- una trayectoria personalísima. "A mí ya no me queda nada que demostrar", me dijo el pintor, con más modestia que la que trasluce la transcripción literal de sus palabras, hace unas semanas, mientras departíamos a la puerta del estudio de su colega José Luis Mancilla, en el pintoresco Callejón del Norte, que él había pintado "a la japonesa" -unos trazos enérgicos, caligráficos, que delimitaban perfectamente el hueco de luz en que consiste ese callejón al mediodía- el año anterior. Y por eso mismo, porque ya no se trata de demostrar, sino de mostrarse tal como se es, ha asumido este curioso reto. Estaremos allí para ver el resultado. 

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