viernes, octubre 26, 2012

GARBANZOS

Leo que los españoles estamos volviendo a las legumbres y a los platos de cuchara. En estos tiempos de penuria, no hace falta decir más. Volvemos a la sanísima dieta de Don Quijote: la olla “de algo más vaca que carnero” y las lentejas de los viernes; dejando, en todo caso, el “palomino de añadidura” para los domingos. En eso, recordarán los lectores del maravilloso libro, se iban tres cuartas partes de la hacienda del hidalgo, y aun se consideraba afortunado. Hoy las tres cuartas partes de nuestras haciendas, si no más, se las llevan los bancos, y lo demás lo saquea el Estado para alimentar su desmesura. Y con el resto, que aun ayer llegaba para sufragar la malísima dieta de niños caprichosos que nos propinábamos –filetes, frituras, lácteos con propiedades mágicas, postres dulces–, hoy apenas da para lo que decíamos: la olla grande en la que borbotean los garbanzos, y de la que, bien administrada, salen dos comidas semanales; con el beneficio añadido de que la segunda, como todo el mundo sabe, es siempre mucho más sabrosa que la primera, porque ha estado sujeta por más tiempo a la milagrosa alquimia que cuaja los sabores y ablanda las agrestes verduras que cría nuestra ingrata tierra. 

Se asoma uno a ese pozo sin fondo que prefigura una olla de garbanzos y, como en esas viejas películas de Hollywood en las que todo quedaba explicado por un oportuno flash-back, muchas cosas que uno no entendía alcanzan ahora una claridad meridiana. Estamos hechos de esos garbanzos y esas lentejas cervantinas; y no, como creíamos, de esos manjares precocinados que comprábamos en la sección de gourmets de los grandes almacenes y con los que aviábamos una cena de nuevos ricos en menos que canta un gallo. Porque ésa es otra: la legumbre no casa bien con la improvisación, ni es favorable a esas amistades instantáneas que se forjan en la barra de un bar y desembocan en una rápida aventura que incluye la consabida cena apañada con chucherías compradas a última hora en el súper. Hay una alta moral aparejada a la ingesta de garbanzos. Que también favorece, como no podía ser de otro modo, el retorno a las costumbres patriarcales, o matriarcales, quién sabe, porque en la vida moderna ya no es el sexo, sino la lotería del desempleo, quien dicta quién se queda en casa vigilando la olla y quién sale a la calle a buscar qué echar en ella. 

En un país empobrecido, qué duda cabe, ciertas fijaciones se imponen con más facilidad que en un país caprichoso y satisfecho. Hasta anteayer España arrastró la fijación del hambre ancestral, que determina todavía la gordura obsesiva de nuestros mayores. Algo me dice que esa lamentable mitología, que tenía en Lázaro de Tormes y Carpanta a sus héroes más conspicuos, vuelve a estar en boga. Y dan ganas de llorar.

Publicado ayer en Diario de Cádiz

3 comentarios:

gatoflauta dijo...

Muy sensato artículo. Pero cae, tal como yo lo veo, en un error demasiado frecuente: olvida a la mucha gente que no tiene ahora que cambiar sus hábitos, porque nunca abandonó los anteriores. La presunta "prosperidad" de antes jamás les llegó a ellos. Sólo que ésos (y son millones) son los olvidados perpetuos, aquéllos de los que nunca se habla. No todos han vivido (han podido vivir), como ahora se dice, "por encima de sus posibilidades". Sin contar, claro, con el cinismo de esa frase, porque los próceres que suelen repetirla son los que considerarían, esa "vida por encima de las posibilidades" que ahora critican, como una limitación insoportable de la que siempre, vengan bien o mal dadas, han llevado y seguirán llevando. Las posibilidades, ¿de quién?, sería la primera pregunta.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Por supuesto, un apunte costumbrista como el que antecede no puede abarcar todas las perspectivas, y se limita a aquella que responde a la experiencia de quien escribe y de sus lectores. Pero bienvenida sea la apostilla, que es muy cierta.

Anónimo dijo...

Cual es el tema, y la tesis de este artículo? No lo entiendo muy bien. El ultimo párrafo no lo entiendoñ