viernes, octubre 05, 2012

IMAGEN


Tenemos un problema de imagen. Pero no, como creen los ingenuos, porque el New York Times haya publicado un par de editoriales tremendistas sobre España y su apurado presente, ni porque las imágenes de la policía apaleando manifestantes tengan más impacto en el extranjero que, pongo por caso, las noticias de los muchos trasplantes que nuestros cirujanos logran resolver con éxito, ni porque hayan transcendido en el exterior (qué vergüenza) las bravatas independentistas del sector más intratable e irresponsable de nuestra degradada clase política. No, nada de eso. La mala imagen de España es, por así decirlo, inmemorial, y quizá lo sorprendente es que, durante un intervalo de poco más de un cuarto de siglo, hayamos gozado de un inopinado prestigio de nación abierta y tolerante, capaz de culminar sin sobresaltos una transición política sin precedentes, de poner de moda en el mundo a sus artistas, o de ascender discretamente en el escalafón de las naciones industrializadas hasta ocupar un puesto entre las más avanzadas. 

Otros más sabios que nosotros sabían que eso no podía durar. La imagen del español vestido con prendas de Adolfo Domínguez y degustando platos de Ferrán Adriá no convencía a nadie; y, mucho menos, claro, a los propios españoles, muchos de los cuales jamás habían podido permitirse ni lo uno ni lo otro. Mirábamos atrás y ahí sí que nos reconocíamos: por ejemplo, en las muchas fotos de españoles hirsutos, feroces, con el pecho cruzado de cananas, que nos ha legado nuestra última guerra civil. O en las historias de hambre y miseria que cuentan nuestros abuelos. Eran, ahora lo sabemos, nuestros vivos retratos. Y hasta nos sentíamos halagados por la comparación; porque, aun sabiéndonos descendientes directos de esos combatientes fratricidas o de esos abrumados pobres de solemnidad, constatábamos que algo habíamos mejorado con el tiempo: que la llegada de una nevera y un televisor a nuestros hogares nos había infundido un desconocido sentido del bienestar y del goce de la vida, propio de un país civilizado. 

Hay que concluir, por tanto, que la presunta buena imagen de la que gozábamos en los últimos tiempos lo era sólo en referencia a ese pasado pintoresco y ominoso. Ahora que volvemos a ser pobres e irrazonables, parece como si hubiésemos recuperado nuestro ser original. Nada importa que, en el día a día, la gente sencilla y laboriosa, que la hay, siga haciendo lo que puede para vivir con un mínimo de dignidad. Nada importa el trabajo bien hecho, del que también somos capaces. Suena más el griterío, es más visible el chafarrinón, el trasunto de los aguafuertes de Goya. Goya, ahora que caigo, fue el primer reportero de nuestra desgracia congénita. A su lado, los del New York Times son unos aficionados.

Publicado en Diario de Cádiz

1 comentario:

E. Cabello, Las Cumbres de Ubrique dijo...

Es increíble cuánto me suena tu último párrafo a la cantinela que tenemos en Ubrique, mi pueblo, desde que las payasadas y ordinarieces de un puñado de chillones chabacanos se oían más que el trabajo de tantos años de gente sencilla y laboriosa (sobre todo en tele-basura). Ahora, leyendo tus reflexiones, me temo que nos consideren, por partida doble, un manchurrón en esta Europa que nos rodea. Una buena reflexión!