lunes, octubre 22, 2012

INTENTÁNDOLO

De nuevo, como otros años, a hacer acopio de piñas secas para encender la chimenea. En lo que atañe al frío, hace uno sus preparativos para el invierno con cierto espíritu de montañés que se dispone a permanecer aislado en su cabaña durante meses, sin posibilidad de recibir suministros del exterior. Por lo mismo, la semana pasada llegó el camión de la leña y pasamos toda una mañana apilándola en el patio. Se aferra uno a estas recurrencias de las estaciones como a lo único permanente y seguro en estos tiempos inciertos. Y ni siquiera el tiempo defrauda: hoy, como hace un año en esta misma ocasión, el día ha amanecido nublado, pesaroso, amagando lluvia. Bajo la pinaza han crecido grandes setas de aspecto dudoso, que dan al pinar un cierto aire de bosque encantado. Nos cruzamos, aquí y allá, con paseantes que parecen los mismos de hace un año: una pareja madura que pasea a un perro, un matrimonio melancólico que intenta distraer a una piara de chiquillos con las rutinas de un domingo en el campo, una pandilla de ciclistas que se adentran en la cañada como si, al final de la misma, en un vivac improvisado, se dispusieran a celebrar un ritual demoníaco... Tiene el otoño algo de abrumador, y no por tardío se presenta más clemente o menos inquietante. Ayer tuvo uno el pecho oprimido y barruntos de fiebre. Era el cansancio de la semana, y no, como me temía, el primer catarro invernal. Cruzo los dedos.


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Estaba el cielo despejado, salvo por unos brochazos de vapor de un blanco sucio, como si el pintor de ese lienzo hubiera frotado aquí y allá los pinceles para limpiarlos y le hubieran salido esos borrones. El resto era de un azul purísimo. Y por eso cuando empezó a llover no nos explicábamos de dónde venía el agua. Porque esos nubarrrones dispersos no daban para tanto. O tal vez ése era su modo de disolverse definitivamente en la mañana límpida, para que nada la enturbiara.


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"Para ser lo que quería ser era incapaz de dejar de ser quien era", dice Aquilino Duque de su personaje al comienzo del capítulo tercero de su novela Caza mayor. Y se me ocurre que, en alguna vida anterior, esas palabras podrían habérseme aplicado casi al pie de la letra.


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No convencer ni emocionar, sino aspirar a que, en el pensamiento en suspenso del lector, las palabras vayan cayendo como en una alcancía vacía, y unas asombren, otras hagan sonreír, otras evoquen una imagen, y el conjunto reconstruya una especie de complejo emocional hacia el que el lector experimente una adhesión mayor que hacia un mero argumento o un enunciado conmovedor. Poesía, sí, y no exactamente novedosa, porque ese empeño pertenece a las tareas que el siglo fenecido ha dejado planteadas, pero no ha resuelto del todo. Y no sé si merece la pena perseverar por ahí. En todo caso, uno lo está intentando.

1 comentario:

José Luis Ríos Gabás dijo...

También yo he hecho acopio de piñas para encender la chimenea, aunque sólo los fines de semana. Pudiéndolas recoger cerca de casa hago cincuenta kilómetros para recogerlas en el mismo sitio de cada año. como un ritual. Todo cambia muy rápido, pero las tradiciones personales podemos, más o menos, mantenerlas, aunque no siempre comentarlas.

Un saludo