martes, octubre 30, 2012

POR ESO

Lo único positivo de un periodo de penuria como el que atravesamos es que clarifica, o debería clarificar, las cosas. Antes, por ejemplo, cuando abundaba el dinero público para ciertas actividades -incluso para la literatura, ay, esa parienta pobre de todas las artes, la que menos pide y la que menos necesita para subsistir-, algunos se llevaban la parte del león y los otros no protestaban porque también les tocaba algo en el reparto, aunque fuera la calderilla. Y todos contentos. Ahora siguen llevándose la parte del león los mismos que antes, y lo que no hay es calderilla que repartir. Con lo que, miren por dónde, debería quebrarse la regla de oro de las situaciones estancas e inamovibles, que es la ley del silencio. Pero no. Y eso sí que es raro.

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Esa conocida anécdota que se cuenta del escritor argentino E.S.: cuando se hallaba entre colegas, se dice, su mujer les pasaba a éstos de vez en cuando una nota para advertirles de que llevaban quince minutos sin extenderse en elogios hacia el maestro, y éste empezaba a sentirse mal... Entiendo, que no justifico, esa vanidad: en la futilidad que implica el esfuerzo literario, qué otra cosa puede esperarse que un poco de cortesía ajena, no digo que cada quince minutos, pero sí ¿cada mes? ¿cada seis meses? Una carta de un lector, por ejemplo. O la noticia de que alguien ha leído un libro tuyo y le ha gustado. Una mención aquí o allá. La vejez, ya se sabe, implica, salvo contadas excepciones, el paso a un segundo plano. Hay que cederles espacio a los que llegan y asumir un cierto oscurecimiento de la propia figura, incluso cuando ésta no ha brillado más que muy modestamente y en círculos de segundo orden. O mejor todavía: asumir sin más que uno ha dado ya lo mejor de sí, y que lo que quede por decir, si es que queda algo, vendrá por añadidura (aunque en esta obra sobrevenida pueda estar lo más verdadero, lo más aquilatado de uno).

Se nota que me hago mayor.

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Hojeo los artículos escritos en mi recién finiquitada colaboración periodística: constituyen una especie de crónica de la crisis en tono menor, constatada en sus detalles más nimios. Escribir con periodicidad implica siempre eso: uno se retrata en su propio discurrir. Aunque sea escribiendo de exterioridades. O quizá por eso.

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En lo anterior, se me ocurre, está la única justificación que podía alegar a mi empeño de escribir en periódicos. Sin ese compromiso externo, ¿ a dónde puede llegar la tendencia de uno al ensimismamiento?

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Se ralentizan los libros previstos y se acumulan los inéditos, todavía ni siquiera en proceso de búsqueda de editor: uno de poemas, otro de relatos, un par de entregas de este diario, un posible libro de artículos. Como para talar un bosque. La única manera de atajar esta proliferación sería... empezar otra novela.  

3 comentarios:

gatoflauta dijo...

Muy pesimista le veo. Cervantes terminó su segundo Quijote, indudablemente su obra máxima, a los 68 años, entonces vejez extrema; Goethe, su segundo Fausto a los 82. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el cansancio. Yo, desde luego, con 55, no creo estar, como dicen en Argentina, mandado recoger. Aún espero dar buena guerra, acaso la mejor; tanto vital como literaria

Toribio dijo...

Pues ánimo con esos libros, que algunos los esperamos... Por cierto, esta tarde estuve leyendo, pese a mi deficiente inglés para ello, "The Love Song of J. Alfred Prufrock", de TS Elliot, ¡y qué no hubiera dado por una traducción tuya! Y, ya de paso, una pregunta: además de escribir lo tuyo, ¿andas metido en las harinas de alguna traducción?
(Perdón por el tuteo: es la confianza que da el venir todos los días a esta colunma en busca de humos nuevos.)

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Pues sí, ando pesimista, amigo G., por razones que sería largo explicar, pero que van aflorando, creo, en estos apuntes cotidianos. Y en cuanto a las traducciones, amigo T., no tengo ninguna entre manos ahora, entre otras cosas porque la coyuntura editorial anda muy ralentizada. Y gracias a ambos por la asiduidad.