lunes, octubre 15, 2012

VEREDA DE LOS ALBAÑILES

Breve paseo campestre hasta la Casa del Encinalejo, por la vereda que llaman "de los Albañiles", porque, a decir de nuestro guía, el amigo J.A.M., lo abrieron los susodichos que levantaron la mencionada casa. Los imagina uno por esta tortuosa senda, recorriéndola todos los días, como lo hace hoy el cabrero que tiene arrendada la finca, con sus herramientas y materiales a lomos de mula. Mulas, quizá, finas y curiosas, como la que encontramos hoy con las patas trabadas a la puerta de la casa, y que, cuando nos ve pararnos junto a su dueño y entablar conversación con él, se acerca a escuchar, con la cabeza gacha y las orejas bien aguzadas. También el perrillo del pastor es nervioso y juguetón, como un niño, y cuando su amo nos hace una demostración de tiro con honda, sale corriendo hacia la espesura en busca del proyectil. De buena gana se encastillaría uno en esta casa escondida y despacharía a pedradas a todo el que viniera a turbar nuestra paz de espíritu con noticias del mundo exterior. Porque la verdad es que aquí, en estas soledades, nada de eso que diariamente nos abruma y nos da que pensar importa realmente. Después de despedirnos del cabrero, rebuscamos las esparragueras que vamos encontrando. En vano, o casi. Se ve que el pastor distrae sus ocios de esta manera, y tiene bien peinada la zona. Vemos también, esparcidos juntos a algunas encinas caídas, algunos montones de leña cortada. Como se ve, no falta casi nada de lo necesario para vivir. Un poco de compañía, quizá. Pero de eso, como de casi todo lo superfluo, puede prescindirse.

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Bíblicos lirios del campo, como los que cantó el poeta del Cantar de los Cantares. Brotan casi directamente del suelo, sin que medie entre ellos y el sustrato que los alimenta el expediente de un tallo, unas hojas, un cuerpo de planta. Son también solitarios: casi nunca los ve uno agrupados. Y da mucha pena ver que algunos han sido pisoteados por el ganado o algún improbable paseante, lo que no es de extrañar, porque suelen crecer en las calvas del suelo, entre arbustos o piedras, justo en los huecos que el caminante va buscando para poder apoyar la planta del pie. Pero se ve que su designio, como el de las muchachas coquetas, es hacerse ver a toda costa. Y eso tiene sus peligros.

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A la vuelta, una cría de gato siamés intenta camelarse a las niñas de la pareja que nos acompaña. Contrariamente a lo que suelen hacer los gatos criados en el campo, se deja acariciar, e incluso consiente que lo tomen en brazos; y luego, cuando, a una levísima y poco creíble protesta suya, lo dejan en el suelo, sigue a las niñas y roza repetidamente el lomo contra las piernas de éstas. Es difícil resistirse a declaraciones de amor tan elocuentes. Pero las niñas tienen bien aprendida la lección, y saben que el padre no permite animales en casa. Salvo, quizá, algún que otro visitante inesperado, como la comadreja que, según nos dice, vio el otro día rondando su huerta; o el cernícalo que, a decir del vecindario, anda acechando las jaulas de los pájaros domésticos, y ya ha devorado a más de uno entre los barrotes. 

2 comentarios:

E. Cabello, Las Cumbres de Ubrique dijo...

La placidez del campo es fascinante, y yo misma estoy deseando que lleguen tiempos mejores para retirarme e irme a vivir al Amarguillo (el campo familiar). Pero no encuentro nada superflua la compañía, no sería capaz de mantenerme mucho tiempo sin el contacto con los demás: la familia, los amigos, los amigos de los amigos...

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo tampoco creo que aguantara la soledad, pero uno, en fin, tiene sus fantasías...