lunes, noviembre 05, 2012

CASI NADA

Siempre he pensado que la aparente felicidad que exhiben los músicos cuando tocan tiene mucho que ver con la capacidad que tienen de olvidarse de sí mismos para armonizarse con los otros músicos en ese todo que es la pieza resultante. Y experimento una versión muy simple y primitiva de ese placer al lograr reproducir torpemente con mi armónica unas notas de Easy, un conocido blues de Big Walter Horton, al compás de una base de guitarra que he encontrado en Internet. Quien me vea entregado a estos juegos pensará que he perdido la chaveta, o que me encuentro en una fase claramente regresiva de mi evolución mental. Y el caso es que estoy cobrándome una antigua deuda: la de no haber tenido nunca ocasión de aprender a tocar un instrumento musical, a pesar de lo mucho que lo he deseado en algunas etapas de mi vida. Ahora estoy en ello otra vez; como siempre, sin maestro y sin método, pero con la inestimable ayuda que prestan los medios modernos. No sé qué saldrá de todo esto. Si acaso, algunos ratos de distracción en los que no oigo la olla de grillos que habitualmente tengo en la cabeza. O en la que los hago cantar a mi son, quién sabe.


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Nos sorprendió El ídolo de barro (Champion, 1949) de Mark Robson. Las películas de boxeadores, ya se sabe, no suelen derrochar optimismo; pero, al menos, suelen ofrecer, a cambio del negrísimo retrato que hacen de la condición humana, alguna moraleja consoladora. La propia Más dura será la caída (The Harder They Fall, 1956), del mismo director, nos mostraba la trayectoria moral de un desengañado cronista deportivo, que se presta a servir de tapadera a la creación de un falso campeón, pero que se compadece a tiempo de su víctima y asume las consecuencias de haber decepcionado a los peligrosos instigadores del fraude. El ídolo de barro va mucho más allá: aquí es el propio boxeador -interpretado por Kirk Douglas- el artífice de su ascenso a cualquier precio, y para alcanzar su meta no duda en dejar en la estacada, y de la manera más innoble posible, a tres mujeres de muy distinta catadura -una sencilla muchacha, hija de su primer jefe; una buscona profesional y, finalmente, la mujer de su propio promotor-, a la vez que defrauda las expectativas de su hermano, compañero suyo de aventuras, y traiciona al manager que lo sacó de la miseria. Y todo ello, movido por una especie de impulso autodestructivo tras el que adivinamos innominados resentimientos que no se verán resarcidos por el mero triunfo... Dicen que esta película sirvió de inspiración a Scorsese y Schrader para Toro salvaje; al menos, en lo que respecta al protagonista, que se intentó que fuera tan odioso como el de la película de Robson. Pero, a diferencia de éste, el de Scorsese se redime a tiempo de evitar ahogarse en su propia desmesura. A finales de los cuarenta no era muy común que una película dejara al espectador sin ningún asidero moral mínimamente confortable con el que irse a dormir. Ésta, desde luego, contribuye poco al clima oficial de optimismo con el que se aprestaba a comenzar la nueva década. 


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En contra de mi costumbre, no he dejado de acudir a este cuaderno ni un solo día del largo puente festivo. Tal vez para resarcirme de tanta parada forzosa, impuesta por mis obligaciones laborales. Un diario a saltos se parece demasiado a una vida a saltos. Y quiere uno recobrar esa sensación de plácido sucederse de los días; aunque ello implique que en esos días no sucede casi nada.

1 comentario:

Amando Carabias María dijo...

¡¡¡Cómo entiendo el último párrafo!!!