miércoles, noviembre 28, 2012

ENTENDERSE


Hay en la llegada del frío un elemento gozoso que está totalmente ausente de los primeros calores. Éstos son siempre graduales -y,por tanto, exentos de sorpresa-, engorrosos, sucios; y, a no ser que lo sorprendan a uno junto al remanso de un río, por ejemplo, y abran de golpe la puerta a los placeres asociados al buen tiempo -la desnudez, la ligereza, la entrega sin reservas al disfrute de una naturaleza benigna y juguetona-, normalmente causan la clase de molestia que asociamos a la llegada inesperada de un amigo al que teníamos ganas de ver, sí, pero que llega en un momento inoportuno. El frío no: aunque se anuncia, no se deja notar hasta que se manifiesta en términos absolutos, y eso siempre ocurre de un día para otro. Y si la ropilla de entretiempo había sido hasta ese momento más bien un engorro, es ahora cuando el peso de las prendas de abrigo no resulta en absoluto molesto, sino que se aviene al cuerpo con toda propiedad, sin cansar ni agobiar, asociada al elemento de limpieza que nos empeñamos en reconocer en el aire cortante. "Ya estábamos hartos de calor", dicen algunos, respirando hondo. Y entiende uno la sensación de purificación con la que aspiran el aire gélido, libre ya, parece, de las miasmas que prosperan a partir de ciertas temperaturas. Es una ilusión, por supuesto, como pronto vendrán a recordarnos las humedades afloradas, los catarros inamovibles, el olor a humanidad que se desprende de los abrigos en un autobús cargado de viajeros ateridos. Y es que del invierno, como de la primavera y el verano, sólo es bienvenida la novedad.


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El gran mito de la democracia es que, si algo lo deciden la mitad más una de las personas congregadas en una circunscripción, lo decidido ha de ser forzosamente acertado. Y si esa mayoría de la mitad más uno se logra por la suma de dos minorías y la puesta en común de los intereses coyunturales que comparten, las posibilidades de error ya no se multiplican: se disparan.


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Cuando un poeta empieza a alejarse del lenguaje meramente discursivo, no es que busque que no lo entiendan los demás; es más bien lo contrario: que los discursos, sean de la índole que sean, han dejado de tener sentido para él; y que, aún así, busca el modo de entenderse.

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