lunes, noviembre 19, 2012

EXTRAS

El concierto tuvo dos partes: en la primera se interpretaron un par de piezas contemporáneas, y en la segunda una sinfonía de Beethoven. Y además de las evidentes diferencias sonoras entre las primeras y la úiltima, hubo una, bastante evidente, de carácter plástico: en las primeras, la percusión, variada y abundante -y muy lejos, en fin, de la bendita y contundente simplicidad de los timbales que resonaban en la pieza de Beethoven-, ocupaba toda una plataforma elevada dispuesta al fondo de la orquesta, dominando al resto de los músicos. Y los percusionistas, accionando entre la variopinta cacharrería de la que disponían, parecían... cocineros. O mejor, el cocinero y su pinche, porque había uno que ocupaba una posición mucho más eminente que la otra (una mujer), y éste era el que parecía llevar la voz cantante, mientras que la otra..., no sé, montaba los suflés, por ejemplo.

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Entrevista a Ernesto Cardenal en la SER, con motivo de la concesión a éste del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Me asombró la nula empatía idiomática -tomo el término de M.A., que estaba tan indignada como yo- existente entre el locutor y el entrevistado; y no, precisamente por culpa de este último, que hablaba un castellano purísimo y pronunciaba con la pausada deliberación de los ancianos lúcidos. Así, el periodista, que se veía que se había documentado en la Wikipedia y no sabía del entrevistado más que unos pocos enunciados muy generales, le preguntó al anciano su opinión sobre unos obispos que se declaraban pasotas respecto a la teología de la liberación. "No entiendo", respondió el poeta, visiblemente extrañado. "Sí, pasotas, vamos, que pasan de la teología de la liberación", repitió el zopenco. Que no le ahorró al curita revolucionario otras expresiones jergales igualmente incomprensibles para él, y que terminó preguntándole, entre risitas sardónicas, que cómo un cura había escrito un poema dedicado a Marilyn Monroe -se veía que no tenía ni idea de que el poema no era una declaración de amor, precisamente, sino una cristianísima y dolorida oración por una criatura desgraciada-. Al final, obligaron al entrevistado a leer unos versos de este poema, al que yo le tengo ley porque le gustaba -y supongo que todavía le gusta- a mi amigo Rafael, que es también poeta tocado por la atracción hacia los grandes símbolos de la cultura de masas... Para redondear el despropósito, pusieron al poema, como fondo musical, una tópica melodía folklórica hispanoamericana, de ésas que los músicos interpretan ataviados con un poncho... Y es que, para que hagan eso con los poetas, mejor los dejan en su casa.

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En medio del vendaval, policías apostados en las vallas del puente Carranza, expuestos a todos los elementos. No tenían otra función, entiendo, que la meramente estética: hacer que los mandatarios hispanoamericanos, que abandonaban la ciudad en rápidos convoyes flanqueados de motoristas, disfrutaran de este rudimentario atributo de poder: sentirse rodeados de una guardia pretoriana. Daba mucha pena verlos allí, bajo la lluvia. Podía uno imaginar lo que cada uno de ellos estaría pensando de sus jefes, o de los poderosos a quienes tenían el deber de proteger. Aunque no sé si les consolaría, quizá, la dieta que seguramente les han pagado por las horas extras.

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