lunes, noviembre 12, 2012

KOLOT

Un lector me avisa de un error mío al transcribir, en el poema que copié ayer en este cuaderno, el nombre del gran poeta inglés Rupert Brooke. Yo mismo, cuando reviso estos textos, a veces meses después de haberlos escrito, me doy cuenta de que no están absolutamente libres de erratas y errores. Es curioso: me tengo por persona escrupulosa a estos respectos, y dotada de no mala retentiva para la ortografía, tanto la española como la inglesa. Podría atribuir estos errores a las prisas, o incluso hacer de mi capa un sayo y presentarlos como pruebas irrefutables del carácter  improvisado de estos apuntes -lo que no salva en absoluto lo de ayer, por supuesto, que era un poema-. También podría alegar que mi vista ya no es lo que era. Pero es mejor agachar la cabeza y recibir las reprimendas merecidas con absoluta humildad. Torres más altas han caído.


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Y es lo que digo yo: Isäni kotikylässä on tapana muurata tiilenpalasia seiniin siten, että muuriin jää pieniä, puoliympyránmuotoisia koloja, joissa voi säilyttää työkaluja ja joista voi ottaa kädellä tukea. Es la primera frase de mi relato Kolot, que es la traducción al finés del que titulé en su día "Huecos en la pared", del libro Sexteto de Madrid y otros cuentos. Asistí el pasado viernes a la presentación de la curiosa antología en la que se ha publicado este cuento, junto con otros de autores gaditanos. Y luego, ya en casa, con el libro en la mano, sufrí un momentáneo ataque de pánico al creer, por un instante, que el cuento a mí atribuido no era el que yo entregué, hace de esto ya lo menos tres años, al responsable de la compilación. Porque, aunque por el texto no había manera de comprobarlo, si cabía esperar que, entre mi original y su traducción, hubiese coincidencia en la distribución de párrafos, la ubicación de las partes dialogadas o los nombres propios de los personajes. Finalmente, pude aclararme: era yo quien estaba confundido de cuento; el que finalmente entregué para esta antología  no era el que yo recordaba, sino otro. Pero juro que, por un instante, sentí la tentación de llamar a la embajada de Finlandia en Madrid para que aclarara de inmediato lo que creí una ominosa suplantación.


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Al día siguiente lo conté en la barra del bar donde suelo tomarme el aperitivo de los sábados: "Ayer estuve con la presidenta de Finlandia. Y hasta le estreché la mano. Fue en la presentación de un libro en el que había un cuento mío traducido al finés". Aclaré que no había alrededor de la presidenta la habitual nube de escoltas, secretarios y ujieres de la que aquí suele rodearse incluso un simple consejero autonómico. Lo que dio para mucho en esa esclarecida barra donde, sábado tras sábado, hacemos lo posible para arreglar el mundo.

2 comentarios:

Perkele Maljanne dijo...

Tenemos gente que está a la que salta en la Manada.
Gracias a ello,un feliz hallazgo.

José Luis Piquero dijo...

Ja ja ja! No quiero ni imaginar la cantidad de errores de transcripción que se te habrán colado en el texto finés.
Un abrazo.