viernes, noviembre 02, 2012

MAÑAS

Grupos de veinteañeros sentados en actitud meditativa alrededor de una litrona o una radio encendida. Me sorprende ver a tantos cuando bajo a comprar el pan en la primera mañana del puente festivo. Se ve que no hay dinero ni para irse de acampada. Parecen escenas sacadas de una película neorrealista italiana; no sé, una de esas secuencias de Blasetti o Fellini en las que un muchacho aburrido baila el twist con su novia al son de una sinfonola en una terraza desierta del extrarradio... Tanta comedia madrileña, tanto Dogma, incluso tanta nouvelle vague para que la realidad termine pareciéndose a esto.


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Termino de leer Caza mayor, de Aquilino Duque. Una novela que empieza y acaba en una cacería que tuvo lugar en Doñana en el año 1929, y cuyo desarrollo no es sino una vertiginosa crónica de ida y vuelta de los años que siguieron a esa cacería hasta llegar casi a la actualidad. El pretexto narrativo lo brinda un recurso similar al que articula Con la muerte en los talones, de Hitchcock: la confusión de personalidad entre un pacífico asesor cultural que trabaja para un banco, y que en un momento dado ha sido postulado para ocupar el cargo de agregado de lo mismo en la embajada española en Londres, y el espía -realmente existente- Ángel Alcázar de Velasco, falangista de primera hornada que trabajó para los servicios secretos de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, y que fue quien realmente desempeñó el mencionado cargo diplomático, motivo de la confusión de la que fueron víctimas los distintos servicios secretos encargados de dar caza -y esto es también caza mayor- a este personaje. De la mano de José, el probo funcionario confundido con el espía, y los participantes de la mencionada montería, entre quienes se encuentra el dimisionario monarca británico Eduardo VII, Aquilino Duque recorre la intrincada trama de conexiones familiares, intereses estratégicos y entrecruzamientos ideológicos que sirvió de telón de fondo a la contienda mundial y a su posguerra, contempladas desde una perspectiva que poco o nada tiene que ver con la que convencionalmente brindan los libros de historia. La novela pone en evidencia que quienes fueron aparentes enemigos encarnizados no lo fueron tanto en los momentos inmediatamente anteriores a la contienda, o incluso durante la misma, en la que esos puentes familiares o esos ambiguos intereses estratégicos facilitaron no pocos contactos contra natura entre enemigos declarados, y desvela también la capa de mentiras o medias verdades con la que las partes interesadas trataron luego de ocultar esas connivencias culpables.

La novela deja en el lector la ambigua sensación de que, por un lado, se le ha revelado una parte de la verdad histórica que no coincide necesariamente con el relato de la misma hecho por los vencedores; pero, por otro, parece apuntar a un revisionismo que tampoco hace justicia a los hechos probados y documentados. Que una buena parte de la opinión pública y de las clases dirigentes de Inglaterra, Francia y otros países simpatizaba abiertamente con los designios nazis no es ningún secreto, ni que esos sectores vivieron la guerra como una enorme contrariedad, y con la esperanza de que el malentendido que enfrentaba a las potencias occidentales se zanjara en algún momento, lo que les habría permitido unir fuerzas contra el que consideraban enemigo común, que no era otro que la Unión Soviética. Pero el reconocimiento de ese estado de cosas -que, en verdad, es un magnífico pretexto para una novela- no absuelve a nadie de sus culpas ni niega la evidencia de ciertos hechos. Tampoco creo que, por más que al autor le agrade jugar con fuego, sea ése el propósito de esta novela; que, en su estructura circular, más bien parece sugerir la idea de que lo que se perdió tras el conflicto -el orden social que imperaba todavía en buena parte de Europa en el momento en el que tiene lugar esa cacería- bien merece un poco de nostalgia. Uno no la comparte -no me va nada en ello-, pero entiende que eso de la nostalgia, se aplique a lo que se aplique, es un sentimiento que, convenientemente explotado, suele deparar excelentes resultados literarios. Y a lo mejor eso es lo único que importa.


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Lo anterior, ahora que lo releo, se parece demasiado a una reseña. ¿Cabe una reseña en un diario íntimo? O a lo mejor es que uno, para ciertas cosas, tiene ya demasiado bien aprendidas las mañas. Lo que no sé si es bueno o malo.

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