jueves, noviembre 15, 2012

MUNDANO

Y es que ha tenido uno una semana mundana, qué duda cabe. El viernes, decía, fue la presentación de la antología finlandesa. Ayer, la huelga general y la multitudinaria manifestación a la que la despejada mañana de noviembre infundió un indudable aire festivo, y en el curso de la cual fue uno departiendo sucesivamente con decenas de conocidos. Queda en medio el lunes, en el que asistí a la constitución de una asociación de antiguos alumnos de la universidad en la que he estudiado. No sabía yo si dicho acto iba a tener carácter formal o iba a ser un simple intercambio de impresiones. Para mí, como para muchos, la universidad es ese periodo azaroso en el que el adolescente deja definitivamente de serlo para convertirse en adulto, pero sin que le asistan todavía los recursos y estrategias del adulto. Si alguna necedad ha de cometer uno en esta vida, necesariamente ocurrirá en ese periodo. Y nunca se ha sentido uno más desasistido y vulnerable. Algo de esto, junto con algún recuerdo desairado de ese tiempo, intenté expresar en mi novela Ronda de Madrid, en la que sobre el protagonista pesan todavía algunas experiencias, no todas edificantes, acaecidas en la innominada universidad en la que estudió. Me da la impresión de que, si los convocantes de este bienintencionado acto hubieran leído mi novela, quizá no me habrían llamado... Pero el caso es que allí estaba yo, con mi chaqueta de pana con los codos rozados y mis vaqueros con los filos de los bolsillos manchados de tiza, ante una imponente mesa de autoridades universitarias impecablemente trajeadas de azul marino. Por supuesto, no les culpo de mi incomodidad. Me sentía incluso halagado de que se hubieran acordado de mí, quise pensar que en mi calidad de escritor (luego las cosas demostraron ser mucho más simples). Oí atentamente las razones de los convocantes y asentí a ellas: sí, sería estupendo que los egresados -palabreja a la que todavía no me he habituado- constituyeran una especie de lobby en el que se propiciaran el intercambio de ideas, la amistad e incluso, por qué no, los negocios. Pero... Quizá debería empezar por comprarme un traje oscuro. Tengo uno, sí, pero sólo me lo pongo en las bodas.

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