viernes, noviembre 23, 2012

NOW & THEN

Es el título de una tarea que suelo poner a mis alumnos de 4º, cuando les explico el modo de expresar hábitos y actitudes pasadas. Han de escribir frases como ésta: When I was ten I didn't use to go out with friends; now I do. Y a veces salen afirmaciones verdaderamente conmovedoras, como cuando una chica me escribió: I used to cry a lot; now I still do. Y quizá lo que me gusta de este ejercicio es su coincidencia esencial con una de las querencias de mi propia escritura: la consideración del pasado a la luz del presente. Como hago en las líneas que siguen.   

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En salir de la crisis económica derivada de la carestía del petróleo en los años setenta tardamos ¿dos, tres lustros? A finales de los ochenta y principios de los noventa -salvando, incluso, el bache que supuso la leve recesión de finales del 92- se palpaba una evidente mejoría respecto a la situación inmediatamente anterior. Tanto, que una parte del clima social e ideológico que propició la llamada movida madrileña y otras aledañas fue la sensación de hallarnos, de pronto, en un país moderno, e incluso más avanzado, en algunos aspectos, que otras aburridas democracias europeas. Sobre lo que tenía aquello de espejismo, y cuál era la realidad exacta de muchos de quienes nos iniciábamos en aquella modernidad sobrevenida, ya ha escrito uno lo suyo. El momento peor se dio a principios de los ochenta: justo, recuerdo, cuando yo empezaba mis estudios universitarios. En aquella ocasión el empeoramiento de la situación económica se tradujo en un mayor desempleo -mi padre, recuerdo, conoció unos años de precariedad laboral e incertidumbre económica- y en un clima generalizado de deterioro social -fueron unos años, recuérdese, de delincuencia rampante, de aumento escalofriante del tráfico de drogas, etc.-. Pero lo que no hubo entonces, creo recordar, fue una disminución generalizada y progresiva de los servicios sociales: nunca sentí, por ejemplo, la menor inquietud respecto a las becas que me permitieron estudiar una carrera. 

Según ese cómputo, pues, de ésta crisis de ahora empezaremos a salir hacia 2017, o puede que más adelante. Sobre el carácter cíclico y prácticamente ineluctable de las crisis del capitalismo ya escribió Carlos Marx, y no voy a ser yo quien lo desmienta ahora. Lo preocupante de ésta, en comparación con la de 1973, es que está sirviendo de pretexto para un recorte sistemático de las prestaciones sociales que aseguraban una cierta cohesión social. Ahora, por ejemplo, no parece que el hijo de un asalariado tenga, respecto a la posibilidad de estudiar una carrera universitaria, la misma seguridad un tanto temeraria que yo sentía en torno a 1982, pongo por caso. Lo preocupante de esta crisis es que esté sirviendo de excusa para políticas claramente regresivas, y la traducción que éstas tienen en una preocupante atmósfera de pesimismo generalizado. Saldremos de la crisis, parecemos pensar todos, pero no volveremos jamás a disfrutar los niveles de bienestar de los que disfrutábamos hasta anteayer. Y ésa es la losa que pesa sobre nuestros ánimos.


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Lo que me hace pensar, también, que habrá que empezar de cero, como hace cuarenta años, cuando la realidad española era una sucesión de conflictos que, poco a poco, iban aportando al acervo común un caudal creciente de derechos reconocidos y mejoras que entonces creíamos irreversibles. Pienso en estas cosas, por ejemplo, ante las noticias que leo de algunas huelgas recientes. La de los basureros de Jerez, tan virulenta como las de entonces, ha terminado con una relativa victoria de los trabajadores, que han obligado a la empresa a readmitir a los despedidos; a cambio, eso sí, de una reducción de sueldo. Aún así, entiendo, la balanza se ha inclinado esta vez a favor de los huelguistas, y así seguirá siendo, creo, en una dolorosa espiral que parecemos condenados a repetir hasta... Hasta que el ciclo empiece de nuevo, por supuesto.  


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¿Sentiría mi padre, hacia 1982, la misma clase de inquietudes -respecto a mi propio futuro, quizá- que experimento ahora yo? ¿Era ésa la causa de sus silencios, de la ocasional hosquedad que yo percibía entonces -tan contraria a su natural tolerante y bondadoso-, de aquella irritante indecisión suya respecto a tantas cosas que yo le demandaba? También en eso la historia se repite. 

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