jueves, noviembre 08, 2012

PASSAIC RIVER, N.J.


El final de Viaje al centro de la Tierra, la adaptación cinematográfica de la novela de Verne que hizo Henry Levin en 1959: una erupción volcánica inducida por una explosión de dinamita lanza a los expedicionarios al exterior a través de una larga chimenea. Acompañamos a los viajeros en la rauda ascensión, y casi experimentamos esa especie de vértigo de resolución placentera que se produce cuando un fluido largamente retenido es lanzado al exterior... Quiero decir que a nadie mínimamente avezado se le escapa la naturaleza sexual de esta eyección liberadora; como tampoco a nadie le pasa desapercibido el motivo del éxtasis que vemos reflejado en el rostro de la protagonista femenina de la película, una recia viuda a la que, previamente, una tormenta magnética acaecida en el centro del planeta ha arrebatado su anillo de boda... No sé si este ruidoso público juvenil que me acompaña ha captado estos mensajes más o menos subliminales. Casi mejor que no. Lo que sí hacen es reproducir la algarabía en la que yo mismo andaba metido cuando veía estas películas en la sesión infantil del ya desaparecido cine Sasián de Puerto Real, en los domingos de mi infancia.

***

Se equivocaron al servirme el descafeinado de máquina que había pedido a los postres de aquella desenfadada comida con compañeros de trabajo. Y el resultado fue que no pude pegar ojo en toda la noche. Y me acordé, en el larguísimo duermevela, de la época en que tomaba hasta tres o cuatro cafés al día, alguno de ellos ya muy por la tarde; y el remate de aquello: la temporada en la que, por estar tomando yo una medicación que tenía efectos somníferos, podía permitirme ingerir un café negro al final de una cena con amigos, al filo de la madrugada, y luego dormir como un bendito.   

Este malestar de hoy, que no puedo atribuir a otros excesos, bien merecía motivos de más enjundia.

***

Nadie diría que uno de los ingredientes de la afición que le estoy tomando a Los Soprano, la desaforada serie televisiva que cuenta las interioridades, domésticas y de otro tipo, de una familia de gánsteres, es que sus exteriores, rodados en las desoladas periferias urbanas de Nueva Jersey, se corresponden exactamente con los de la poesía de William Carlos Williams, que también estoy leyendo ahora: el río Passaic, en cuyas orillas se anda construyendo un paseo marítimo en el que las empresas corruptas de Tony Soprano y sus socios andan metiendo mano; o la apacible ciudad de Rutherford, que ando antojado en que es la que presta sus calles a las evocaciones de esos viejos barrios residenciales degradados en los que los personajes más tirados de la serie hacen sus lamentables transacciones...

No hay comentarios: