jueves, noviembre 22, 2012

SEÑORA

No dejan de ser sorprendentes las formas que adopta la sociabilidad literaria. En su expresión más primaria, no difieren mucho de las que imperan en cualquier patio de vecindad. En la más depurada, pueden derivar con cierta facilidad a afectos verdaderamente fraternales, porque una amistad literaria bien fundada -es decir, basada en afinidades de fondo, y no en meras alianzas coyunturales- es para toda la vida. En ese sentido, he tenido suerte: en distinto grado de intimidad, pero siempre en el campo de los afectos positivos y sinceros, cuento con varias -no numerosas: nunca pueden serlo- amistades de ese tipo. Y son el logro más sólido del que puedo presumir en este proceloso mundo.

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Ahondando en la herida: tal vez lo normal sea que, a partir de cierta edad, uno considere pasada su hora. No es una tragedia ni significa que uno renuncie a sus afanes. Incluso puede que éstos, por alguna de esas bromas incomprensibles que el destino se complace en jugarnos, den ahora sus resultados más granados. Pero quizá no sea ya el momento de pelear por lucirlos, de esforzarse por darlos a valer. A otros corresponde ese sinvivir, que uno sabe ya a dónde conduce.

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Ante el llamado de la poesía uno agacha la cabeza y dice: "Señora", como explica Cernuda en ese conocido poema suyo que es trasunto de otro de George Herbert. Ante la prosa, en cambio, uno se pregunta siempre: "¿De verdad tengo que hacerlo?".

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