jueves, noviembre 01, 2012

SOLEDADES

Lo curioso del recurrente recordatorio de que la escritura es un asunto de soledad es que resulta igualmente necesario cuando lo acosan a  uno los compromisos externos -y entonces sirve para precaverse de la pérdida de esa soledad, imprescindible para la creación literaria- que cuando se impone la soledad no buscada, la que deriva del aislamiento, la falta de reconocimiento o la mera carencia de habilidades sociales, y entonces el incordio es la propia vanidad defraudada, cuando no la envidia o el resentimiento. Y es en estas circunstancias cuando más falta hace sacudirse de encima esa soledad poblada de voces discordantes para reencontrar la otra, la paciente y silenciosa, la única en la que es posible escuchar la propia voz.


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Llovía y me prestaron un paraguas increíblemente pequeño y frágil que alguien se había dejado olvidado, y que no parecía capaz de aguantar el más ligero embate de la brisa. Pero la lluvia de ese día fue de una estricta perpendicularidad al suelo: llovía como si el cielo simplemente necesitara descargarse, y no desahogar su furia contra nadie. Y vaya si el paraguas aguantó. Tanto, que casi era un placer pasearse a resguardo de su exigua superficie protectora, rodeado de una uniforme cortina de agua. Sin otra conciencia de ella que el peso de la que iba empapando los bajos del pantalón o calando los zapatos; y, por tanto, minando tan exigua y mal pertrechada individualidad desde sus propios cimientos.


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Nadie más arteramente desconcertante que quien, después de pedirte un favor indebido y asistir impasible a tus torpes excusas para denegárselo, te espeta con toda tranquilidad: "No, si no era eso lo que yo quería decir".

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