viernes, noviembre 30, 2012

TOO OPTIMISTIC

You were too optimistic about the Spanish weather, le digo a mi compañera inglesa, que todavía sale a la calle con los vaporosos vestiditos veraniegos que se trajo en septiembre, cuando llegó a España, y se defiende mal del frío con una fina cazadora sobre sus hombros. Ni siquiera gasta medias, por lo que la sola visión de sus piernas blanquísimas expuestas a la intemperie resulta verdaderamente dolorosa. En mis intercambios verbales con ella en la escalera, mientras nos dirigimos a clase, trato de abordar delicadamente la cuestión. Al fin y al cabo, a sus imprevisores veinte años les puede venir bien, no sé, un consejo paternal, y quizá alguna prenda de abrigo prestada... Pero no. Lo que le preocupa, me dice, es la vuelta. It's much colder in Britain, comenta. Y tiene previsto, para hacer frente a las galernas que saldrán a recibirla a su llegada, comprarse un jersey en Zara -lo que, entiendo, le servirá también de souvenir- antes de la partida.


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Las hijas de las madres que amé tanto..., decía don Ramón de Campoamor, en un evidente ataque de melancolía. Pues eso.


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Y me acuerdo ahora, por lo mismo, de la gélida primavera del 2001, que me sorprendió en Madrid, a donde había ido a presentar mi Cuaderno de Zahara y a fantasear un poco, haciendo uso de una licencia laboral, con uno de los contados episodios de vida contemplativa de escritor con los que he venido distrayendo mi condición de hombre sujeto a obligaciones laborales. Me fui prácticamente a cuerpo, y el chubasquero que hube de comprarme para protegerme de las inesperadas lluvias no me sirvió para compensar el bajón térmico. Y recuerdo la noche en que quedamos con unos amigos para escuchar la entrevista que me habían hecho en RNE: estábamos en un coqueto ático de la calle Santa Isabel, que hubiera sido acogedor si no hubiera resultado una nevera, y cené con el chubasquero puesto, cerrado hasta la nuez. Me sentía como un personaje de La Bohème, y no sé si, de haber contado con una chimenea, no habría quemado uno a uno los ejemplares que llevaba de mi libro, como hacía Rodolfo con sus manuscritos en la primera escena de la mencionada ópera, para calentarme. 

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