martes, noviembre 20, 2012

UNA LÁGRIMA

El concierto del que daba cuenta ayer tuvo lugar el sábado y estuvo a cargo de una orquesta de altos vuelos. Algo más humilde, en planteamiento y objetivos, era la que oímos el domingo, en un programa que terminó con una vibrante interpretación de la Séptima Sinfonía de Beethoven; la que, según cuentan los historiadores, conoció en su estreno la curiosa anomalía de que la ovación que el público dedicó al segundo movimiento obligó a la orquesta a repetirlo... Y si eso era posible en la Viena de 1813, bien podíamos ser indulgentes con el sencillo público que en esta ocasión abarrotaba la iglesia donde tuvo lugar el concierto, y que, poco o nada ducho en acontecimientos musicales, rompió repetidamente con sus aplausos el convencional silencio que ha de observarse entre un movimiento y otro de una misma pieza. 

De lo que no pudimos consolarnos, sin embargo, fue del triste anuncio que el director artístico de la orquesta quiso hacer al final del concierto, informándonos de que éste era el penúltimo que hacían; y que, si no se producían novedades al respecto, el previsto para el día siguiente sería el último de la formación; que no es otra que la Orquesta Joven del Bicentenario, surgida hace cuatro años de una brillante iniciativa individual que entonces obtuvo respaldo institucional, y que es hoy la única orquesta sinfónica con que cuenta la provincia... O quizá haya que referirse ya a ella como cosa pasada. Los tiempos no parecen muy propicios para que los políticos sacrifiquen, pongo por caso, una o dos de las muchas asesorías parasitarias de las que se rodean, ocupadas por compinches y amigotes, y dediquen lo ahorrado a sufragar los gastos mínimos que ocasionaría el mantenimiento de una iniciativa tan brillante como ésta. De su rentabilidad social y educativa, desde luego, a mí no me cabe la menor duda: el sólo ejemplo de este medio centenar largo de adolescentes es el mejor argumento que una sociedad civilizada podría dar a favor de una cultura del esfuerzo y la emulación. No es seguro que eso vaya a ser así. Y no sé si fue ese negro presagio el que, al operar sobre la emoción que se me había concentrado en el pecho al oír la mencionada sinfonía, hizo que una lágrima tonta me resbalara por la mejilla cuando el aire frío de la tarde me rozó la cara, al salir.

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