miércoles, diciembre 12, 2012

COMO TODOS

También el correo ha disminuido. Es quizá uno de los efectos más curiosos, por inesperado, de la penuria que nos envuelve. Y casi lo agradezco, acostumbrado como estaba a recibir cantidades de libros que exigían, para acomodarlos, muchos metros lineales de estanterías nuevas al año. Pero, aun así, me apena volver del apartado de correos con las manos vacías, y constatar que pasan semanas enteras sin que ningún amigo escritor me quiera hacer partícipe de un libro nuevo, ninguna editorial me envíe sus novedades, o ni siquiera el periódico en el que publico mis reseñas haga lo propio. Me entristece este nuevo testimonio de la parálisis general, y me inquieta en particular el desalentador indicio que me da respecto a mis propias expectativas editoriales. Porque, en este contexto, ¿se atreverá algún editor a publicar un libro mío, pongamos, de aquí a diez años? Al mismo tiempo, me reconforta una como recién adquirida sensación de ligereza, de ausencia absoluta de obligaciones y compromisos, de tiempo ganado respecto al que otros me reclamaban.

Y, sin embargo, qué alegría me llevé el lunes por la mañana cuando vi sobre la mesa los tres libros que M.A., en estos días suyos de también forzosa inactividad, me había recogido del correo, a los que se sumaba un aviso de llegada de un paquete de una editorial. Algo se mueve todavía, aunque no sea más que por el voluntarismo desesperado de unos cuantos. Entre los libros recibidos, por cierto, dos autoeditados. Lo que da idea de por dónde van los tiros.


***

A vueltas con el mercadillo, todavía. Me preguntó una señora si los cuadros allí expuestos eran todos de pintores "de la zona". Le dije que sí. "¿Y los libros?", preguntó. Sí, también los tres autores representados en la mesa éramos de la provincia y teníamos algún vínculo sentimental o amistoso con la localidad anfitriona. Se daba la circunstancia, en fin, de que en la misma plaza se estaba preparando una zambombá para esa noche, y que, para dar ambiente, habían traído un burro enjaezado, que habían dejado atado a una baranda. El animal emitió en ese momento un prolongado rebuzno. Y la señora: "¿El burro es también de aquí?". Naturalmente, le dije. Como todos.

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