lunes, diciembre 03, 2012

DESAIRES

Avalancha de artículos pesimistas en los periódicos del domingo; no todos, claro, del mismo pelaje ni igualmente legibles, pero sí  emparentados por un mismo sentimiento de desánimo. Si seguimos así, el problema del país no será sólo económico, sino también mental: una vasta depresión colectiva de impredecibles consecuencias. Y como ya se sabe que la mejor manera de abordar el macrocosmos es escrutar el microcosmos, me basta como muestra un botón, que ni siquiera es literario: al final del paseo matutino por una ciudad que, pese a la espléndida y cristalina mañana invernal, parece despoblada, me encuentro a mi animoso tío A., que ha sacado a pasear a su mujer enferma; y que, en su deseo de agradarla, ha recorrido ya, en lo que va de mañana, los lugares de paseo de todos los pueblos aledaños. Todos, me dice, igualmente desiertos. "Debe de ser el frío", digo, desmintiendo la evidencia de que es el frío, precisamente, la principal razón para salir de nuestras mal acondicionadas casas andaluzas de paredes de papel, en busca del sol circundante. Mi tía quiere mostrarse animosa ella también: sí, en la calle me encuentro un poco mejor, dice, en abierta contradicción con el rictus de malestar que le tuerce el rostro. 


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¿Qué lee quien te lee en las llamadas "redes sociales"? ¿Qué aplaude, cuando aplaude? ¿Y qué silencioso reproche te hace cuando pasa de largo?


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K. hecha un ovillo a mis pies, durante la siesta. Aunque pesa poco, y el calorcillo que desprende su cuerpo es sumamente grato, acaba resultando molesta, y me obliga a cambiar frecuentemente de postura, para que no se me entumezcan las piernas bajo su peso. Pero ni por esas; a los pocos segundos, una vez rehecho el tingladillo que forman las piernas con la manta de viaje, vuelve a encaramarse sobre mí, y a encontrar el hueco justo para su cuerpecillo. Cosas de gatos, sí. Una modalidad primitiva y egoísta del afecto. Que, aun así, conmueve, siquiera sea por su persistencia a prueba de desaires. 

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