viernes, diciembre 28, 2012

GALERÍA


Quizá el único gesto sincero de rebeldía que se pueda tener a partir de los cincuenta años sea... pedir disculpas por la contribución de uno al estado de cosas contra el que ahora es preciso rebelarse.


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Miro a  mi alrededor: de las cincuenta personas allí congregadas, al menos a cuarenta y cinco las conozco desde hace decenios. A la mayoría incluso les tengo cariño: hemos envejecido juntos. Sin embargo, qué poco hemos hecho los unos por los otros, más allá de intercambiar cordiales saludos durante treinta años o más. Con qué pocos de ellos podría contar para, por ejemplo, confiarles una cuita o hacerles partícipes de la alegría de una ilusión cumplida. Más bien lo contrario: lo procedente es ocultarles lo uno y lo otro, en aras de una buena educación que es también cálculo y prudencia... Seguiremos saludándonos otros treinta años, si es que (hoy me he levantado optimista) duramos tanto.


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Y esta extraña película, Les valseuses (1974), de Bertrand Blier, aquí infamemente intitulada Los rompepelotas. Leo que en su día causó escándalo, y aún hoy choca la catadura de esos dos delincuentes que, en su huida a ninguna parte, abordan a una sucesión de mujeres (una peluquera embrutecida e insensibilizada por la humillante relación que mantiene con su jefe, y que no sabe hacer otra cosa que entregarse pasivamente a todos los hombres que la solicitan; una madre joven que amamanta a su hijo en un tren, y que acepta hacer lo propio con uno de los acosadores a cambio de dinero; una exconvicta que acaba de salir del trullo, y que vive con los dos delincuentes una tórrida tarde de pasión, antes de suicidarse; una adolescente que, al ser atracados sus padres por estos delincuentes, se pone gozosamente de parte de éstos y les entrega su virginidad), y con todas ellas mantienen una breve relación que empieza en la humillación y deriva a una cierta ternura. Me quedo con la galería de personajes femeninos: la bovina e inexpresiva Miou-Miou, cuya estolidez es aquí, sin embargo, la mejor expresión posible del desamparo; la belleza auténticamente maternal de Brigitte Fossey (la del tren), la contenida sensualidad madura de Jeanne Moreau (la exconvicta), e incluso -por una vez- el gesto hosco, felino, de una adolescente Isabelle Huppert, que ya iba camino de convertirse en la arpía que ha interpretado en la mayoría de sus películas. Negándonos, por supuesto, a sacar ninguna conclusión de tan extraño argumento. Tan acorde, ay, por otra parte, con ciertas fantasías libertarias entonces muy en boga.

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