jueves, diciembre 27, 2012

LOS SOPRANO


Termino de ver Los Soprano -a buenas horas, dirán algunos; pero es que uno suele llegar a estas cosas siempre tarde, y con frecuencia empujado por recomendaciones ajenas-: un trimestre entero he tardado en trasegar esta especie de largometraje seriado de casi setenta horas de duración... Ha valido la pena, ante tal despliegue de buenas interpretaciones, aciertos de guión y otros primores, como la escogida banda sonora o un cuidado en la realización poco frecuente en las series televisivas. Ha supuesto, también, mi vuelta a la condición de espectador de esta clase de productos, después de décadas evitándolos en nombre de no sé si bien o mal fundados prejuicios. Ahora no tengo más remedio que sumarme al coro de alabanzas que la serie ha suscitado: es, efectivamente, una gran comedia humana, en la que, como en los buenos novelones, los protagonistas son sometidos a una aguda disección que deja al descubierto todas sus facetas, así como algunos aspectos de la sociedad a la que pertenecen. 

Es, como se sabe, el retrato de una familia mafiosa, centrado en la figura de su capo, Tony Soprano, al que encontramos en plena crisis de madurez, ocupado en lidiar con una esposa insatisfecha, unos hijos en plena eclosión adolescente y un entorno económico y social en el que la actividad de la delincuencia organizada no es más que un resabio particular, e incluso arcaico y local, de un capitalismo global extremadamente agresivo. La familia -en el sentido mafioso de la palabra- vive básicamente de la extorsión a pequeña escala, de las corruptelas políticas locales -que les permiten gestionar fraudulentamente la recogida de basuras, por ejemplo- y de pelotazos inmobiliarios más o menos amañados. Para mantener estos negocios no dudan en hacer uso de una espeluznante violencia, que elimina a los competidores y transporta a quienes la ejercen a una especie de sobrehumana esfera de megalomanía gratificada, en la que no existe ningún tipo de cortapisa moral. Y es esta distorsión de las meras capacidades humanas -casi siempre limitadas por la obediencia a algún tipo de norma- lo que más contribuye a mantener al espectador en un estado de constante y divertido asombro; porque, no hay que olvidarlo, la capacidad que estas historias -como los cuentos de venganza de Kipling o Maupassant- tienen de causar simpatía en el espectador depende de su peculiar modo de apelar a la propia megalomanía reprimida de éste, vivida en su caso como un mero desahogo imaginativo sin consecuencias morales. Quién pudiera incidir en el propio entorno con esa maravillosa capacidad de modelarlo al antojo de uno, de suprimir los obstáculos, de  no poner cortapisa alguna a la voluntad desbocada. 

Por fortuna, el espejismo dura lo que el visionado de cada episodio, y el poso que la suma de éstos va dejando en el espectador es una humanísima, pero también muy previsible, constatación de que en todas partes cuecen habas; de que el poderosísimo Tony Soprano, que no duda en estrangular a uno de sus capitanes en un acceso de ira, es también un padre que apenas puede incidir en la siempre imprevisible deriva de los hijos adolescentes, y un marido que hace equilibrios en la cuerda floja para resolver la eterna contradicción entre las querencias del propio egoísmo y el juego de mutuas concesiones en el que se basa el matrimonio. Un matrimonio el suyo, por otra parte, mucho mejor avenido de lo que podría parecer a primera vista, porque contribuyen a su perduración los intereses coincidentes de dos grandes cínicos: el propio Tony Soprano, deseoso de mantener a toda costa un entorno convencionalmente acogedor para su prole, y su esposa, que ha sublimado su afán de decoro burgués, sus ansias de respetabilidad social e incluso sus muy convencionales sentimientos religiosos, en un único afán: el de acaparar bienes materiales, en los que fía su propia seguridad y la de sus hijos para cuando su marido falte.

Para mejor analizar este trasfondo, así como otros aspectos de la psicología del protagonista, la serie recurre  a un conocido artificio: Soprano, aquejado de unas imprevisibles crisis de pánico, que derivan en desmayos, acude a una psiquiatra, ante la que desgrana otros aspectos de su vida familiar, tales como su relación con su madre desnaturalizada -a la que conocemos en las primeras temporadas de la serie, hasta el momento de su muerte- o su modo de interiorizar sus propias actuaciones criminales -que en las consultas, en las que no se puede hablar abiertamente de crímenes, quedan convertidas en simples actos de negocio-. El artificio no sólo dota a a la serie de una muy estimable dimensión reflexiva, sino que contribuye poderosamente a que los espectadores hagan suyo el discurso de autojustificación mediante el que el protagonista trata de verse a sí mismo como una persona "normal", e incluso, como increíblemente afirma en alguna ocasión, "un buen tipo". Todos lo somos, una vez alcanzado ese nivel de autocomplacencia. También son "normales", una vez descontados los crímenes de los que son culpables, los otros miembros de la banda, aquejados todos ellos de humanísimas e incluso enternecedoras debilidades. Y quizá sea ésa la idea más machaconamente repetida a lo largo de estas setenta horas de película: la dualidad esencial del ser humano, su infinita capacidad para autojustificarse (o engañarse a sí mismo, si se prefiere), su habilidad para conciliar aspectos opuestos e incluso enfrentados del abanico moral. El espectador no tiene más remedio que asentir a esa verdad esencial: incluso no siendo (¡menos mal!) criminales reincidentes y sin escrúpulos, también nosotros vivimos en ese equilibrio precario entre los distintos papeles que representamos en la vida. Y también nosotros, igual que el habilidoso Tony Soprano -andra politropon, como el Ulises homérico-, jugamos al difícil juego de la conciliación imposible.

Unos con más tino que otros, claro.

1 comentario:

Mariana Hernández dijo...

Todos los premios y aplausos sí que se los mer3ece esta grandiosa serie. Lo mismo Mad Men, ambas series comparten al escritor Matthew Weiner, sólo que él en Mad Men es el creador y ha hecho un fabuloso trabajo.