lunes, diciembre 31, 2012

MI RESUMEN DEL AÑO

Me siento ante esta página a las once menos cuarto, después de un relajado desayuno y de haber levantado las persianas para que la casa se ventile y solee, que es también una manera de abrirla a la limpia serenidad de estas mañanas despejadas de invierno. Quiere uno para sí esa serenidad y esa limpieza, y por eso procura que todos sus gestos en esta mañana pre-festiva sean así: precisos, económicos, medidos, pero también lentos, descansados, predispuestos a esa clase de felicidad que consiste en sentirse en paz con uno mismo y con el entorno. No soy demasiado fiestero, pero sí algo partidario de los ritos de paso. Y despedir el año viejo y recibir el nuevo como es debido exige, por lo menos, cierta predisposición de ánimo. Parecen inevitables los balances. Pero también hay que evitar, por obvias, esas declaraciones rencorosas por las que uno pretende dar violento carpetazo a lo malo pasado en nombre de las presuntas bondades por venir. 

Sí, el 2012 fue un año malo, incluso muy malo, pero sólo lo fue -y aquí el adverbio es importante-, en un sentido. Al menos para mí. Claro que ya se sabe que la economía tiene muchas ramificaciones, y un mal año en lo económico se traduce en perjuicios que van mucho más allá del mero balance contable. Para un escritor, por ejemplo, en mis circunstancias -es decir, con pocos lectores-, la actual situación de parálisis económica no hace sino poner más de manifiesto, si cabe, la precariedad de su situación. Hay menos juego, por así decirlo. Y si a uno le correspondían las migajas del banquete, ahora que el banquete anda disminuido, las migajas son menos, o inexistentes. Eso en lo literario. También en lo personal, laboral, familiar, etc., la dichosa crisis tiene sus consecuencias. Pero sería muy mezquino juzgar el año por estos parámetros, y una mala jugada aplicarse a uno mismo los criterios contables con los que quienes mandan en el mundo creen justificar su mal gobierno y sus desmanes. No. Éste ha sido también el año, por ejemplo, en el que el tiempo ha fluido para mí de otra manera, después del apurado cuatrienio dedicado a escribir mi trilogía novelística. Y, en ese ocio recién ganado, ha habido tiempo para escribir un libro de poemas y una colección de relatos -cuándo se publiquen es otro cantar-, y márgenes de deriva lo suficientemente amplios, pongo por caso, como para dedicarlos a revisar y redescubrir el cine norteamericano de los setenta, y para añadir a la lista de los placeres gozados el descubrimiento de, por ejemplo, la mínima pero personalísima obra cinematográfica de Elaine May, o para completar el visionado de la de mi ya largamente estimado Mitchell Leisen... 

Es curioso: donde otros hacen listas y baremos de lo novísimo (los mejores libros, películas, etc. del año"), yo anoto nombres añejos, descubrimientos que sólo lo son en función de mi ignorancia previa o del azar que me ha conducido a ellos. Lo mismo podría decir en cuanto a libros. En este terreno sí hay novedades ciertas: los últimos libros de poemas de Felipe Benítez Reyes (Las identidades) y Rafael Fombellida (Violeta profundo), por ejemplo; a los que hay que sumar algunas reediciones o recuperaciones notables, como la poesía (Río paisano se ha titulado su antología) del mejicano Joaquín Antonio Peñalosa -un descubrimiento de tanta magnitud como el de su paisana Rosario Castellanos, por ejemplo, de quien se publicó una antología, Juegos de inteligencia, en 2011-. Pero a esas "novedades" -relativas, como se ve-, de nuevo hay que oponer el peso y volumen de todo aquello en lo que uno ha querido sumergirse porque sí, sin atender a criterios de oportunidad o actualidad. Y ahí están mis lecturas de poesía "imaginista" o afín, desde los Selected Poems de Sylvia Plath a la espléndida Trilogy de H.D., haciendo parada en Correspondences, de Anne Stevenson o la poesía de Denise Levertov, y dejando como gran lectura de fondo la de la extensa obra de William Carlos Williams. 

Haber tenido tiempo, predisposición y ganas para sumergirme en todos estos universos poéticos bien puede computarse, entiendo, como uno de los disimulados beneficios que me ha traído este año aciago. Y lo mismo puedo decir de otras lecturas: Samuel Beckett, Curzio Malaparte (de la mano de la espléndida biografía que le ha hecho Maurizio Serra, de quien aún me queda por leer Les frères separés, que él mismo ha tenido la gentileza de enviarme), Lope de Vega (en la reedición que han hecho de La Dorotea, que yo he leído como un inesperado colofón a la serie de "libros de Madrid" de la que me he alimentado mientras escribía la entrega madrileña de mi trilogía), etc. También he leído este año el conmovedor -por sincero y lúcido- libro de memorias de Pedro Sevilla, La fuente y la muerte, la vertiginosa Caza mayor de Aquilino Duque, el Caín de Byron traducido por José Luis Piquero, la personalísima biografía de Terenci Moix que ha hecho Juan Bonilla, un nuevo y lúcido dietario de Antonio Moreno, En otro casa, y otros libros que no anoto aquí por no hacer demasiado prolija esta enumeración. ¿Puede uno de verdad envanecerse de lo leído -como decía Borges-, frente a quienes se enorgullecen de lo escrito o -por establecer una contraposición aun más aguda- lo vivido? Pero leer es también vivir, porque, que yo sepa, los muertos no leen.

Éste es mi ránking del año. Podría añadir, en el capítulo de sus dones, algunos -muchos- debidos a la amistad, por ejemplo, o el amor de los seres queridos. Pero ahí entraría uno en intimidades; que es lo último en lo que, frente a lo que generalmente se cree, debe entrar un diario. Feliz 2013 a todos. 

2 comentarios:

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...

FELIZ AÑO también para vosotros. Un abrazo.

Enrique García-Máiquez dijo...

Excelente recuento del año, con una emoción contenida que llega. ¡Y qué bien puestos los adjetivos!

Feliz 2012.