miércoles, diciembre 26, 2012

NAVEGANDO

De nuevo con la mesa flanqueada por el Webster, el Diccionario marítimo del contraalmirante Enrique Barbudo y otros trebejos del oficio, y con una decena de páginas especializadas abiertas en la barra del navegador -y es curioso que aparezca aquí este término marinero, tan apropiado a lo que me traigo entre manos-. Otra vez en el tajo, en fin, empujado, no tanto por motivos mercenarios, como por la necesidad de poner un poco de rigor en mi trabajo, todavía aquejado de esa sensación de vacío que sigue a los años que he dedicado a escribir mi trilogía novelística. Éste de traductor no es mal oficio. Un tanto obsesivo y solitario, quizá, y no sé si compatible con esos niveles de sociabilidad que tan buenos serían, si los alcanzara, para el rumbo general de mis asuntos, pero que ya, ay, al filo de mis cincuenta años, sé que no voy a alcanzar nunca.

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Paso los tiempos muertos de la víspera de navidad espigando viejos cuadernos y copiando los versos sueltos, ideas para poemas, etc. que encuentro en ellos. Tres folios de anotaciones, la mayoría de las cuales no valen nada, pero entre las que hay algunas que bien podrían dar lugar a algún poema aceptable. Pero lo que me llama la atención de ellas es la impresión de conjunto, realzada por la relativa limpieza que proporciona el formato informático: una especie de retrato apresurado del bulle-bulle que lleva uno siempre dentro de la cabeza; y sin el cual, quién sabe, quizá ésta andaría más suelta y descansada. 

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En un burgués menoscabado termina siempre aflorando un Robespierre. Cuántas cabezas han rodado últimamente en las barras de los cafés. 

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