martes, diciembre 18, 2012

SOLEDADES

Homenaje público a Rafael Alberti, con motivo del ciento diez aniversario de su nacimiento. Allí estábamos, convocados por el organismo competente, varias decenas de escritores gaditanos, cada uno con la encomienda de no gastar más de cinco minutos en su intervención; a pesar de lo cual, y de la visible preocupación del anfitrión -el propio director del organismo, y buen amigo nuestro- por que el acto fluyera, hubo quien se extendió en largos preámbulos o quien creyó conveniente leer dos piezas del homenajeado, en vez de una sola. Aguantamos dos horas y media, y todavía quedaba gente por intervenir cuando, incurriendo en una tan evidente como inevitable descortesía hacia ellos, nos marchamos, porque nos esperaban en casa y porque no era cuestión de dejarse llevar por esa natural tendencia de los domingos a descoyuntarse y a destejer los biorritmos y a traducir los excesos en un malestar que a veces impide conciliar el sueño y se extiende a la mañana del lunes... 

Pero no era eso, no, lo que fallaba, sino quizá el propio concepto de esta clase de bienintencionados actos. ¿Para quién leíamos, para empezar? Porque era mucho suponer que quienes allí estábamos, más o menos letraheridos desde nuestra más tierna infancia, no conociéramos la "Elegía del niño marinero", o "El ángel de los números" o cualquiera de los poemas que allí se leyeron. En una cosa habíamos avanzado: este año no había público cautivo, no había jubilados o escolares aguantando pacientemente el chaparrón. Para evitar precisamente eso, este sentimiento de culpabilidad por contribuir a que un público no versado aborrezca para siempre la poesía, yo había declinado en años anteriores participar en actos semejantes. Esta vez, ya digo, la culpabilidad quedaba atenuada: el daño iba dirigido contra los mismos que lo perpetraban. Mientras el propio poeta, quizá, en su tumba, sentía más oportunos que nunca los versos que en esta ocasión, en una de las intervenciones más afortunadas con que contó el acto, correspondió leer a nuestro también querido amigo J.F.P.: "Me aburro, cómo me aburro...".


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En los actos literarios, silbar y gritar y acaso romper algún que otro instrumento. Como en un concierto punk.


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Y ya sólo me falta dejar aquí constancia, para cuando me lo reclamen, de que en absoluto suscribe uno el manifiesto que para la ocasión escribió Pilar del Río, la compañera del finado José Saramago, y que empezaba denostando la privacidad y soledad que algunos reclaman para el acto de la lectura. Resabios colectivistas, imagino, que todavía tienen buen pasar en esta clase de ocasiones gregarias, pero cuya inanidad es manifiesta. Porque, si para algo vale la lectura, es para reafirmar, siquiera sea en el tiempo que le dedicamos, la imbatible superioridad de la conciencia a solas, en diálogo no mediado con otra conciencia en soledad. 

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