martes, diciembre 04, 2012

TRANCHES DE VIE


De esta pila de viejos ejemplares de Vértigo, el tebeo que se anunciaba como la "edición española de Pilote", me fascina la serie de historietas titulada "Crónicas de la Isla Grande", a cargo del francés Gérard Lauzier. Lauzier, me dice Wikipedia, murió en 2008, a los setenta y seis años, por lo que estas historietas,  publicadas treinta años antes, se corresponden con su momento de plenitud vital y artística, y son una verdadera crónica en directo de los sentimientos de un hombre que, al filo de la madurez, pone en práctica el sueño escapista al que se habían consagrado algunas de las mejores mentes de su generación y se va a vivir a una aldea de pescadores de Brasil. Las historias resultantes desprenden una cierta nostalgia y traslucen un imposible ideal idílico de sociedad al margen del consumo, en la que imperan maneras sencillas de relacionarse y una sensualidad natural mal reprimida por las convenciones. Pero, al mismo tiempo, el dibujante y protagonista de estas aventuras no se engaña respecto a los aspectos más brutales de la vida en esas sociedades primitivas, y no deja de expresar su desengaño respecto a la naturaleza humana en general, que, en esas condiciones elementales, se muestra incluso más a las claras que en otras circunstancias. 

Hacer de la vida la materia prima del arte. Lo han intentado cineastas, literatos, músicos, y parece muy factible de hacer en el lenguaje sencillo, y a la vez artísticamente tan eficaz, del cómic. De ahí el interés que siento por este autor, al que hasta anteayer no conocía. Pero no dejan de causarme cierta desazón estos "descubrimientos" tardíos míos, que llegan cuando ya no pueden redundar en ningún beneficio, ni para el artista en cuestión ni para la revista que publicaba su obra... Pienso en mi propio trabajo, disperso y malbaratado -no fue el caso, por supuesto, de este dibujante, universalmente apreciado y admirado-. Algún lector, me digo, encontrará mis escritos en alguna parte dentro de cuarenta o cincuenta años, y a lo mejor reconoce que merecen, como estas historietas de Lauzier, el sobretítulo de Tranches de vie. Y, de alguna manera, todo este trasiego que se ha traído uno de por vida parecerá cobrar algún sentido. Digo.


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A lo mejor el primer verso del poema de anteayer (un triple heptasílabo, en consonancia métrica con los endecasílabos y alejandrinos del resto) hubiese quedado mejor partido en dos versos más reconocibles; y, por supuesto, con tipografía neutra, renunciando al efecto caligramático que uno quiso dar al largo renglón resultante, evocando el perfil de un cuerpo tendido en la playa. Hubiera bastado algo así:

De lejos la confundes
con un bulto de ropas y toallas mojadas...

Pero no habría sido lo mismo. Ni, sin la broma, habría disfrutado uno igual.


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Cómo contrastan estas preocupaciones de índole estética en las que anda ocupada la azotea con, digamos, las que afectan a las sentinas. Hemorroides, por ejemplo.

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