martes, diciembre 11, 2012

TRAS LOS CRISTALES


Foto de Antonio Serrano Cueto
Al aire libre todo es distinto. Más sano, quizá, pero también más expuesto. Los libros, por ejemplo, evidencian la fragilidad que corresponde a los delicados materiales de los que están hechos, y en la que no reparamos ya quienes estamos acostumbrados a manipularlos en espacios normalmente cubiertos y cerrados. Al aire libre -en una plaza como ésta en la que hemos instalado nuestro tenderete con los libros que hemos venido a presentar en este "mercadillo de arte" de Benaocaz-, la acción alterna del sol y la humedad comban ligeramente algunas portadas, al mismo tiempo que las rachas esporádicas de viento -hubo una que tumbó varios caballetes de la exposición aledaña de pintura y arrancó de sus pies de hierro algunas de las pesadas sombrillas de la terrazas circundantes- pasan con cierta impaciencia las hojas, como cuando un lector olvidadizo busca y no encuentra algún pasaje en un libro ya leído. Luego está esa curiosa atracción que las superficies blancas ejercen sobre algunos insectos; como, por ejemplo, estas decenas de mosquitas que parecen quedar entontecidas sobre el papel, y ni siquiera intentan escapar cuando uno pasa la mano para espantarlas, y dejan una mancha hiriente, como la huella de un crimen, sobre la pulpa clara. 

Mira uno sus libros expuestos a la inclemencia de los elementos y aprende a relativizarlo todo. Algún día, me digo, un viento o unas humedades más persistentes que las de hoy borrarán de la faz de la tierra, no ya los libros de uno, sino las huellas de la especie humana en su conjunto, como se extermina con un solo gesto de la mano una decena de esas mosquitas que se pegan al papel. Por eso es bueno, me digo, sacar lo de uno a la calle. Se aprende humildad, se intuye la identidad esencial entre el trabajo de altos vuelos que uno cree traerse entre manos y, por ejemplo, la labor humilde de un artesano manual. En estos tiempos malos, todos artesanos. Y todos, también, buhoneros o feriantes. Al menos, el contacto del aire nos despejará las murrias y las tristezas.

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Ese gato que, a primera hora de la mañana, inspecciona la plaza como si fuera suya. Olisquea con desaprobación los restos -alguna botella vacía, envoltorios, algún que otro residuo alimenticio- de la actividad humana de la noche anterior, y proyecta sobre los preparativos de la del nuevo día una mirada no mucho más benevolente. Luego desaparece en algún portal. Ya ha visto bastante, y comprobado que hay cosas que, por muchos días que pasen, no tienen enmienda.

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Al final de la excelente cena que nos preparó nuestra amiga A., y en la que llegamos a congregarnos veintiocho personas, entre pintores, escritores, familiares, amigos y algún que otro visitante, los anfitriones nos invitan a escribir o dibujar algo en una cartulina. Improviso este torpe haiku, inspirado por el contraste entre la calidez de la ocasión y la noche de perros que está haciendo fuera, sobre la que pesa -hay esperanzadas cábalas al respecto, que la realidad no querrá confirmar- el recuerdo de las neviscas de la semana anterior:

Noche entre amigos.
Fuera, tras los cristales,
cae la nieve.

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