miércoles, diciembre 19, 2012

WILL


El conferenciante trata de insuflar un poco de optimismo en el público juvenil, al que ha venido a instruir sobre los intríngulis de la vida universitaria a la que la mayoría de los presentes parece querer dirigir sus pasos. Pero el pesimismo es palpable. Todos piensan que su destino natural es el paro. Con buen sentido, el conferenciante les dice que hacia 2020, que es cuando, en términos estadísticos, esta generación se incorporará al mercado de trabajo -dicho en plata: se verá abocada a ganarse el pan-, lo más probable es que el ciclo económico haya cambiado, y estemos en una época boyante. Este moderado pesimismo apenas hace mella en el público, que sigue recibiendo las palabras del conferenciante con toda clase de aspavientos derrotistas. Pero no hay más remedio que darle la razón: también en mis tiempos de estudiante, que transcurrieron cuando todavía coleaban los devastadores efectos de la "crisis del petróleo" de finales de los setenta, el futuro parecía bastante negro; y quienes, como era mi caso, veníamos de familias trabajadoras, nos sentíamos especialmente vulnerables a los efectos de la coyuntura. Fue un tiempo de huelgas, de cierres patronales, de crecimiento exponencial de la llamada "economía sumergida", de inflación galopante. Algo de esa inseguridad he tratado de transmitir en mis novelas sobre esa época. Y, sin embargo, no sólo sobrevivimos, sino que nos encontramos, al final de nuestros estudios, con la grata sorpresa de que el futuro no era tan oscuro como lo pintaban, y si acaso el color que predominaba en la nueva fase era el gris, que es el tono que impera en las vidas adultas no expuestas a demasiados sobresaltos... Es posible que a ellos les espere esa misma grisura adormecedora, quién sabe, y que esta breve fase de pesimismo juvenil les parezca entonces un mero sarampión de la edad. Cualquiera de los adultos presentes podría corroborarles que ésa es la evolución natural de las cosas. Pero no sabe uno si la perspectiva de una existencia monótona y regular hasta el final de sus vidas no será incluso peor que la amenaza de una transitoria incertidumbre. 


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Tampoco la clase con los más pequeños fue mucho mejor. Cosas del idioma: el castellano carece de la deliciosa ambigüedad del will inglés, de su doble capacidad de expresar certeza y subjetividad al mismo tiempo. Y quizá por eso las frases de mis alumnos resultaban algo toscas. "Habrá una guerra civil" (There will be a civil war), dice uno, cuando le pido que lea su pronóstico sobre el futuro. Otro predice un golpe de estado, y un tercero anuncia el agotamiento de los recursos naturales y una lucha de todos contra todos por la supervivencia. "¿Habéis visto Mad Max?, pregunto, con la esperanza de que tan oscuros presagios se deban a haber frecuentado el género de la ficción postnuclear. Pero a nadie le suena semejante antigualla.

 

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