lunes, enero 21, 2013

AMARGAS LÁGRIMAS

Al teatro, después de... ni me acuerdo. A ver Las amargas lágrimas de Petra von Kant, el drama de Rainer Werner Fassbinder que él mismo llevó al cine en 1972, en una de esas películas "como las de Hollywood, pero sin hipocresía", que quiso hacer sacando partido de la herencia de su gran maestro y compatriota, el todavía insuficientemente valorado Douglas Sirk... Son curiosas estas confluencias: muchos de los que dicen venerar al director de El matrimonio de Maria Braun denuestan al de Escrito en el viento. Cosas que pasan. El caso es que allí estábamos, en La Ofendida, una acogedora sala gaditana en la que no habíamos estado antes, y que me recordó mucho a las microsalas que tanta vida han dado al teatro madrileño en las dos últimas décadas. La dirige una conocida nuestra, actriz también, pero en esta ocasión no era ella la que actuaba, sino un competente grupo de teatro aficionado de Conil, que demostró con creces, una vez más, que el cultivo de las inclinaciones artísticas hasta llegar a obtener resultados que puedan ser compartidos con otros no depende de  grandes presupuestos, ni de favores políticos o administrativos, ni de la aquiescencia previa de tales o cuales grupos mediáticos, sino, simplemente, del entusiasmo y el trabajo. Logró emocionarme una vez más esta desgarrada historia de soledades insondables, imposibles de colmar; y participé de ese extraño milagro por el que, en una misma habitación, unas pocas decenas de extraños -los suficientes para llenar la sala- compartíamos espacio y atmósfera con unos personajes momentáneamente sustraídos a la realidad por el mero hecho de caminar sobre un entarimado, estar iluminados por unos focos y jugar a ese juego de convenciones por el que un poco de té frío hace las veces del coñac que trasiegan, y unos cuantos muebles baratos de attrezzo sirven para dar vida al lujoso apartamento de una diseñadora de éxito. Había deficiencias, sí, pequeños descuidos. A tan poca distancia, vimos que la foto que la madre de la protagonista muestra de su nuevo amante era, en realidad, una tarjeta postal: vimos el reverso con el cuadro para pegar el sello. También advertimos que el texto original, demasiado lento y enfático, quizá, para un espectáculo de ese formato, había sido acortado y simplificado, y privado por tanto de algunos matices importantes: por ejemplo, cuando Karina, la joven amante de la protagonista, le confiesa a ésta que ha pasado la noche con un amante masculino. En el original -tal como lo conocemos por la película de Fassbinder-, Karina trata de aliviar el dolor que está causando con protestas de amor que adivinamos sinceras, pese a todo... No así en esta versión, que presenta los hechos de un modo mucho más crudo... Pero todo eso, ya digo, apenas consiguió empañar el frágil, quebradizo milagro del teatro. Y di por muy bien empleada esa intempestiva salida de la tarde del viernes.


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El viento ha derribado algunos postes de luz y dejado al pueblo sin corriente eléctrica. Lo constatamos nada más llegar. Imposible cocinar. Imposible caldear las habitaciones, heladas por haber estado deshabitadas dos semanas. Así que saludamos a los amigos y... volvemos por donde habíamos venido. Sólo que, hacia el mediodía, la fuerza del viento ha arreciado aún más y unas rachas traicioneras amenazan con empujar el coche a la cuneta. Al día siguiente nos enteramos que el suministro no se restableció hasta el anochecer. 


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Así que la mañana del domingo amanezco en casa y, como era de prever, caigo en el yugo que representa el  ordenador, los asuntos pendientes, el trabajo no por voluntario y gustoso menos agotador. Aquí me es imposible desconectar. Y sólo lo consigo, en parte, dedicando la mañana, no a la lectura o a escribir alguna cosa, sino a jugar con el procesador de textos hasta dejar convincentemente maquetado el cuento con el que quiero iniciar una colección de plaquettes ilustradas por mis amigos pintores. Estas cosas se aprenden a tropezones, no cabe duda. Y dejándose en ello los ojos. Y el detalle divertido está en que, a falta de las imágenes que habrán de ilustrar el texto, coloco en la maqueta provisional, para hacer el hueco, una de las espectaculares pin-ups que dibujaba el peruano Alberto Vargas. Para ir abriendo boca.

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