martes, enero 08, 2013

CONTRABANDO

Vuelta a este cuaderno después de un breve paréntesis entre Año Nuevo y Reyes... Acaso una o dos mañanas de sol invernal hubiesen merecido unas líneas, un simple apunte contable, en este libro de cuentas que mantiene uno respecto a lo que da y quita el mero transcurrir de los días. Pero también la economía íntima registra estos mínimos, o a veces no tan mínimos, desfases. Contrabandos del alma, por así decirlo.


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En la mesa, saco a colación que me gustaron las fotos de naturaleza que expuso un conocido nuestro en el mercadillo de arte que celebramos a comienzos de diciembre. Y me comenta mi interlocutor que también en este mundo hay sus más y sus menos. Y así, a propósito de cierto reputadísimo fotógrafo local, cuyas fotos han sido premiadas en prestigiosos certámenes internacionales, me dice que éste ha optado ya por no decir dónde las hace, o por borrar de éstas todo detalle paisajístico que permita ubicarlas, puesto que en el gremio se da una variedad de parasitismo consistente en acudir al lugar en el que algún colega paciente ha conseguido tomar alguna foto memorable -y, por tanto, se ha esforzado durante días, a veces semanas o meses, en ganarse la confianza de los animales implicados- y aprovecharse limpiamente de esos esfuerzos para conseguir fotos similares. 

Claro que, bien pensado, esa clase de parasitismo se da en todas las artes. Cuántas veces no habrá levantado un escritor, pongo por caso, la perdiz de un nuevo enfoque, un nuevo primor estilístico, una mirada fresca, sólo para comprobar que, al poco tiempo, muchos que ni siquiera se han permitido el complicado intervalo de experimentación y dudas que exige todo hallazgo se limitan a reproducirlo sin más, o lo adoptan como falsilla, llegando a veces incluso a devaluarlo. Y quién distinguirá, como quería el poeta, las voces de los ecos.


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Para celebrar el comienzo del año, una aleccionadora película de Jean-Pierre Melville: Bob le flambeur (o Bob el jugador), de 1956. Para no perder la costumbre, las novedades de las que uno se haga eco en este cuaderno no tendrán nunca menos de cincuenta años, por ejemplo. Claro que hay verdades que no envejecen. Como el hecho cierto de que la la tesitura de ruina económica y desazón moral que atenaza al maduro protagonista de este film noir, y que le lleva a cometer un insensato delito del que incluso el policía encargado de impedirlo hubiera querido eximirle, es muy reconocible para nosotros, atribulados habitantes de un tiempo de incertidumbre cuyo final -que consistirá, como la contraproducente fortuna del protagonista al final de la película, en un golpe de suerte- no alcanzamos a vislumbrar, pero que vendrá, ya lo creo, y nos sorprenderá a todos en la ridícula postura de quien, acostumbrado a recibir palos, se aprestaba a recibir uno que ya no le estaba destinado.

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