martes, enero 15, 2013

NEURASTENIAS


Que, en medio de una brutal crisis económica y social, a este país no se le ocurra otra cosa que replantearse cuestiones tales como su identidad nacional, la articulación de sus territorios y el posible conflicto entre la unidad del conjunto y las tendencias centrípetas de sus componentes, recuerda mucho al cuadro clínico del enfermo que, en medio de una coyuntura práctica que exige la lucidez necesaria para la toma de decisiones, se embarca en una deriva de psicopatías oportunistas y más o menos autoinducidas. Hay quien se cura con una pastilla, o con un poco de reposo, y quien se pierde en su laberinto psíquico sin encontrar otras salidas que no sean autodestructivas. En nuestro caso particular, queda por saber en qué estado se halla nuestra psicopatía de turno. Y si tiene cura o, por el contrario, y como suele ocurrir con las patologías congénitas, es irreversible.


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Yo también me disperso. La atención y el tiempo que he dedicado en las últimas semanas a mi recién abierto cuaderno de crítica literaria, a la traducción recién emprendida y a otros berenjenales en los que ando metido, revierten en una perceptible pereza a la hora de acudir con ánimo reposado a este otro cuaderno, mi diario personal. Ando planteándome también abrir un blog de cine. Y me queda la duda de si esta hiperactividad sobrevenida, en medio de un panorama que más bien invita al repliegue y el silencio, no será también una reacción neurasténica, cuya deriva tampoco me atrevo a predecir. 


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Pessoa y su famoso baúl de obras inéditas -tan parecido, en más de un aspecto, al pozo sin fondo del que ha brotado y sigue brotando la ingente obra  póstuma de Juan Ramón-. Anda uno -salvando todas las distancias, claro- por el mismo camino. 


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Y este coloquio de asesinos, que tuvo lugar ayer mismo, al teléfono: "No, este fin de semana no vamos a poder quedar para matar al capón. Han dado lluvia y el campo estará embarrado. Habrá que dejarlo para más adelante". Y la sangrienta perspectiva del evento gastronómico aplazado me deja... por qué no decirlo...  una sensación de anticipada culpabilidad.

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