miércoles, enero 02, 2013

RITOS DE PASO

Cómo se parece esta primera mañana laborable de 2013 a la última de 2012. Cambia, sin embargo, algún matiz de la percepción subjetiva que tenemos de la misma. Lo que hayamos de hacer hoy, los logros y fracasos de la jornada, pertenecen ya al cómputo de otro ciclo. También los negros presagios de un año duro. No así el cielo, finamente pintado a la aguada en una benévola gama de grises; ni los verdes apagados del jardín que tengo frente a la ventana, ni el andar meditabundo de los viejos que -desde aquí los veo- aprovechan esta primera hora de la mañana para andar. 


***

La despedida del año, primero en familia y luego en esa inclemente intemperie de los bares que abren en esta señalada fecha. Los frecuento tan poco ya -quién lo hubiera dicho- que estas visitas anuales equivalen a un pase de revista. Nada cambia en ellos. La misma música añeja en los que frecuentamos los que tenemos de cuarenta para arriba; idéntica música estridente en los que acogen a un público más joven. Como una cierta errabundia es también parte del rito de paso, vamos de uno a otro, castigando los tímpanos y trasegando bebidas dudosas. Llueve, por lo que tampoco es cuestión de pensárselo demasiado a la hora de entrar en los que nos van saliendo al paso. En éste, por ejemplo, un fornido vigilante de raza negra es el encargado de filtrar el acceso e inspeccionar el equipaje de mano de la abigarrada clientela. A mí me obliga a dejar el paraguas en un atestado paragüero, lo que hago sin protestar, porque el que llevo es un desecho que tiene incluso un par de varillas rotas, y nada se perdería si, en la confusión, algún otro parroquiano arramblara con él. Mi mujer, en cambio, formula alguna objeción: el suyo es un bonito paraguas de marca que le regalaron en su cumpleaños, y que hoy estrena. El negro se hace cargo: "No importa, yo te lo cuido". Y deja el paraguas justo a su espalda, apoyado en la pared. 

Con esas seguridades entramos en el local. Un humo denso irrita los ojos y se pega al paladar; pero no es, como podría pensarse, el del tabaco, prohibido en éste como en otros locales, sino el que expele una especie de cañón alojado en una esquina. En esa atmósfera neblinosa nos abrimos paso hasta alcanzar un claro junto al mostrador. Voy al servicio. Hay una larga cola para el de mujeres, y sólo un chico esperando ante el de hombres. La espera, no obstante, se alarga, hasta que se abre la puerta del retrete y sale... una mujer. Se disculpa: no podía aguantar, y la cola del otro servicio era muy larga. Ha dicho todo esto un tanto cariacontecida, casi sin levantar los ojos, mientras pasaba de largo ante la ya no tan corta fila de hombres que se ha acumulado. Yo tampoco la miro. Pero, con el rabillo del ojo, advierto en ella algo familiar. Ella también me reconoce. Nos vemos siempre en esta clase de sitios y circunstancias, lo que no quiere decir nada: cabe la posibilidad de que ella los frecuente tan poco como yo, y que el hecho de que coincidamos en esas posiblemente escasas ocasiones se deba a la más estricta casualidad... Vuelvo a coincidir con ella en la barra: me enseña, en la pantalla de su teléfono móvil, una foto de sus dos hijos adolescentes. Y los dos nos quedamos callados, como si, ante la imagen de estos dos jóvenes limpios y rozagantes, nuestra propia presencia en este antro fuera una incongruencia. 

Regreso con las bebidas a donde me esperan los demás. Y veo, con asombro, que un desconocido de mirada perdida se ha plantado junto a M.A. y le ha puesto la mano en el hombro. Ella, acorralada entre el intruso y el mostrador, no sabe qué hacer y me mira como esperando que yo haga o diga algo que la saque del apuro. No hay otro remedio. Me planto ante el extraño y lo miro a la cara, pero es inútil: el tipo no parece ver nada, ni percatarse de nada. Hasta que otro tira de él y lo aleja de nuestro grupo. Decidimos cambiarnos de sitio. Al otro extremo de la sala, un disc-jockey muy jovencito y con gafas de empollón atiende distraídamente su tinglado de aparatos de sonido y acciona de vez en cuando el interruptor del que dependen las emisiones de humo. Nos situamos muy cerca de él, en un rincón parcialmente protegido por una columna. A los pocos minutos, una pandilla de veinteañeros enchaquetados, pero ya con las camisas descolocadas y las corbatas flojas, ocupa las inmediaciones. De pronto, una chica de ese grupo deja un bolso en el taburete donde tenemos las bebidas. "Cuidádmelo", dice, y, sin esperar respuesta, vuelve a la pista de baile. Miramos el bolsito dorado, muy abultado, sin atrevernos a tocarlo. Otra chica surgida de la nube de humo nos dice: "Yo me hago cargo", y alarga la mano para hacerse con el bolsito en cuestión. Pasan unos minutos. En el intervalo, una muchacha que se arreglaba el escote en la pista ha dejado asomar, fugazmente, un pezón... En esto se nos acerca otra chica, visiblemente alterada, y nos espeta: "¿Qué habéis hecho con mi bolso?". Y no sabemos en qué habría parado la previsible discusión si la que se había hecho cargo de él no hubiera tranquilizado de inmediato a su atribulada propietaria.

Decidimos marcharnos. Demasiadas emociones para una sola noche. Los paraguas, para mayor crédito del portero, seguían en su sitio. Volvemos a casa. Son las seis de la mañana del primer día del año.


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Andaba K. muy rara últimamente. Nos dirigía largas peroratas quejumbrosas, cuyo sentido no acertábamos a descifrar, y se empeñaba en hacer sus necesidades -muy a disgusto, a juzgar por el tono de las salvas de maullidos- en un rincón del salón, y no en el pulcro habitáculo destinado a su exclusivo uso. Hasta que averiguamos por qué: el gato del vecino, que ahora es visitante habitual de nuestra casa -pese a la declarada hostilidad que le muestra K.- había ensuciado el hasta entonces inviolado retrete de nuestra gata. De ahí los maullidos indignados, las quejas, el comportamiento anómalo. Ahora se lo hemos fregado y cambiado la tierra y ella ha vuelto a tomar orgullosa posesión de lo que era suyo. Y nosotros velamos para que su galán no vuelva a mancillarlo.

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