lunes, enero 14, 2013

SOL DE INVIERNO

Revisión de Pessoa, con motivo de la lectura de sus Cartas de amor recién traducidas al español. Nunca he querido dar demasiado crédito a la correlación que algunos biógrafos establecen entre genialidad literaria y personalidad trastornada, cuando no locura. Pero, en el caso del poeta portugués, la relación parece evidente. Tampoco eso demuestra nada: la locura se alimenta de lo que encuentra en el cerebro en el que se asienta; y si en éste anidan las complejidades de la creación literaria y sus juegos de imposturas, de esto habrá de nutrirse la demencia correspondiente. Más atención me llama ese curioso patrón -puede que más relacionado con ciertas querencias de la crítica freudiana y postfreudiana que con la realidad- consistente en postular, para cierta tipología de escritores, una sexualidad anómala, o más bien una negación de la sexualidad propiamente dicha, sustituida por una sentimentalidad exacerbada dirigida hacia mujeres apenas núbiles... En todo caso, no sé de qué sirve explorar y hacer públicas las debilidades de algunos escritores, en detrimento de la evidencia de que, en la inmensa mayoría de los casos, el ejercicio de la literatura se relaciona más bien con inteligencias robustas y existencias que en nada difieren de la de cualquier hijo de vecino. La venganza del iletrado, quizá, a la que los letraheridos no paramos de proporcionar argumentos.

***

Sol de invierno otra vez. Me han citado en una terraza soleada y muy concurrida. En la reunión predominan los periodistas, y, por tanto, los chascarrillos y cotilleos se refieren mayoritariamente a cuestiones del sector. No sabía uno que aquí, en este pueblo, hubiera tantos, y me divierte esta momentánea inmersión en un mundo que, en general, me es ajeno, pero en el que las habas que se cuecen no son demasiado distintas a las que cuentan en el de la enseñanza o la literatura, pongo por caso. En esto se nos suma un espécimen especialmente locuaz, que en menos de dos minutos acapara toda la atención y hace un hilarante repaso de algunos sucedidos recientes. Apenas podemos aguantar las carcajadas; a lo que, en mi caso, se suma el hecho de que la deslenguada -pues es una mujer más o menos de mi edad- se ha situado tras el respaldo de mi silla y remacha sus divertidas afirmaciones con palmadas en mi hombro o en mi espalda. Hasta que se fija en mi atuendo. Se da el caso de que no me he quitado el abrigo ni la bufanda; y que, como a mi espalda se hace sentir a ratos un indeciso viento frío, estas prendas no me pesan. Y entonces nuestra interlocutora la emprende conmigo: "Oye, ¿no vas demasiado abrigado?". Las risas continúan, esta vez a mi costa, y ahora me doy cuenta de que el motivo por el que me he hecho notar ha sido, quizá, el haberme sumado demasiado alegremente a un jolgorio general que, en cierto modo, me era ajeno. Aturulladamente, doy explicaciones: "No, si no me había dado cuenta...". Y voy y me quito las mencionadas prendas de abrigo, mientras nuestra divertida interlocutora se despide y deja de nuevo mi flanco expuesto a las desabridas rachas del viento invernal.

No hay comentarios: