jueves, enero 10, 2013

UNA HISTORIA


La lectura de las primeras páginas de Pasos en la arena, el tomo de diarios que acaba de publicar José Luna Borge, me retrotrae a los días en que yo colaboraba en La Mirada, el suplemento literario de El Correo de Andalucía, que entonces dirigía este leonés afincado en Sevilla. Fue este suplemento uno de los mejores y de más larga trayectoria entre los muchos que vieron la luz en el no del todo fugaz periodo de florecimiento que este tipo de publicaciones conoció desde mediados de los ochenta hasta finales de la década siguiente. Tuve la ocasión de colaborar en algunos de ellos: en el modélico Citas de Diario de Jerez, que dirigieron Juan Bonilla, al principio, y José Mateos; en Cultura, de Diario de Cádiz, y en el casi homónimo de Diario de Sevilla, en el que publiqué reseñas de libros y tuve una columna quincenal de cine; amén del ya mencionado La Mirada, quizá el más longevo, en el que publiqué artículos literarios y alguna que otra reseña, amén de alguna que otra semblanza para algunos de los monográficos que este suplemento dedicaba a determinados autores. Recuerdo esa época con  nostalgia. Se creía uno que se iba a comer el mundo por el hecho de tener un espacio en esos suplementos de provincia. No digo esto último en sentido despectivo: lo eran, sí, en una época en que serlo era casi un timbre de honor y una garantía de independencia.

Recuerdo todo esto, ya digo, al leer en estas anotaciones que Luna Borge fecha a finales de 1998 algunos pormenores sobre la confección del aludido suplemento; y, en concreto, sobre los ya mencionados "monográficos", que fueron otras tantas reivindicaciones de autores que no tenían aún el lugar que merecían en el canon oficial, pero que para los jóvenes de entonces eran modelos cercanos y muy influyentes. Uno de ellos fue Francisco Bejarano, a quien se dedicó uno de aquellos monográficos. Y otro... ¿lo diré?, el singular poeta portuense José Luis Tejada. Este último lo confeccionaron un grupo de entusiastas jóvenes poetas de El Puerto, que querían homenajear así a su paisano, y lo hicieron del mejor modo posible: espigando, en la vasta  y desigual obra de éste, un puñado de poemas modélicos. 

Y el caso es que, miren por dónde, este acto de cariñoso y merecido reconocimiento vino a ser el último episodio de una curiosa novela de pesquisa literaria en la que yo, sin saberlo, era un personaje destacado. El malo, por más señas. Lo supe casi una década después, durante mi fugaz paso como profesor por la facultad gaditana de Filosofía y Letras. Allí una compañera de departamento me enseñó el texto incriminatorio: un librito, escrito por ella, en el que se contaba cómo el poeta portuense fue injustamente atacado y vilipendiado por un malvado crítico en ciernes -adivinen quién- y finalmente vindicado y resarcido del agravio por quienes le dedicaron el mencionado homenaje publicado diez años después en La Mirada... Lo sucedido, en realidad, es que uno había firmado, a finales de los ochenta, junto con otros dos escritores de mi misma quinta, una serie de artículos en los que se trazaba un panorama de la literatura gaditana de posguerra. Cada uno de los tres coautores de aquella serie escribíamos sobre los escritores que nos eran más afines o conocíamos mejor, y luego las notas de cada uno se ponían en común, se matizaban o sopesaban en animadísimas discusiones que a veces nos llevaban tardes enteras, y luego eran firmadas por los tres. Recuerdo perfectamente que no fui yo quien redactó el párrafo que dedicamos al poeta portuense; del que, en cualquier caso, me corresponsabilicé con mi firma; y que lo que en él se decía no difería mucho de la conclusión práctica a la que llegaba el suplemento reivindicativo publicado diez años más tarde: que la obra -insisto- vasta y desigual del prolífico poeta exigía una relectura atenta, que pusiera en valor los indiscutibles aciertos por los que merecía ser recordado. 

Y ésa es la historia. Ya uno no es lo que era ni pone en esas cosas la pasión de antes. Uno firmaría con gusto la suerte del poeta al que entonces, a juicio de algunos, involuntariamente menospreció: haber sido el autor de un puñado de páginas dignas de ser recordadas, y que algún discípulo piadoso se tomara la molestia de reivindicarlas. No es mal destino, desde luego. 

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