miércoles, febrero 06, 2013

CARNAVAL


La bella y un tanto tóxica Bibi Andersson y el esquinado Per Oscarsson en Mi hermana, mi amor (Syskonbädd 1782); una de esas películas inevitablemente nacidas para el escándalo, por tratar del siempre perturbador asunto de los amores incestuosos -entre hermanos, en este caso-, pero que, con el paso de los años, adquieren una coloración añeja y distanciada que, sin aminorar su poder perturbador, le prestan una cualidad de cosa lejana, inactual, perteneciente quizá a un limbo de puras especulaciones. Lo que puede deberse al hecho de que esta película, por ser sueca -su director es mi admirado Vilgot Sjöman, de quien ya anoté algo en este cuaderno hace años, cuando accedí por primera vez a algunas de sus películas-, se deja contagiar con facilidad de las indelebles impresiones que guardamos del cine de Bergman, y ya no podemos asistir a esta historia de descarnadas pulsiones sexuales -pues no otra cosa parece estar en juego entre los dos jóvenes hermanos interpretados por los actores antes mencionados-, puestas en la tesitura de ser preteridas en nombre de las conveniencias -representadas aquí por el estirado aristócrata maduro con el que se casa la protagonista para legitimar el hijo concebido en su relación anómala-, sin pensar que lo que está en juego, como ocurre en el cine del otro director, no es sino el sentimiento de culpa y todo el repertorio de retorcimientos psicológicos a él aparejado.

Pero el mundo de Sjöman es más simple, aunque no sé si más habitable, que el de su compatriota. En esta película, el sustrato de la acción es más fisiológico que psicológico; y apunta a una franqueza sexual que no siempre es patente -depende- en el cine de Bergman. Los refinamientos sociales -la educación, la riqueza- si acaso han refinado un poco nuestra dependencia de ese elemental sustrato, y por eso los aristócratas protagonistas parecen hechos de una materia más refinada y delicada que la de sus bestiales criados y colonos. En la escena más cruda de la película vemos cómo, mientras la hermana incestuosa celebra su boda de conveniencia con el dechado de virtudes que ha elegido como esposo, en la taberna del pueblo se origina una improvisada orgía en la que una vieja desvergonzada trata de soliviantar a un joven campesino sin muchas luces, a la vez que el despechado hermano de la novia yace en un pajar con dos prostitutas desnudas, una muy bella, y la otra de aspecto baqueteado y embrutecido -esta segunda, dormida y probablemente ebria, y por tanto ajena a las sevicias (verterle vino por las orejas, por ejemplo) a las que las somete su amante-... 

No sabe uno muy bien qué pensar de todo esto. La naturaleza humana tiene estas pulsiones, pero está claro que, si aspiramos a algún ideal de cultura y sociabilidad, así como de control racional de nuestros instintos, nos sentiremos más cerca del antipático marido engañado -y sabedor del engaño- que del mundo sin reglas que representan los amantes incestuosos. El cruel final de la película -que no desvelo- posiblemente apunta a una victoria de aquél. Pero no es, desde luego, un final que zanje las cuestiones planteadas. En ese complicado universo nos movemos. Y es una suerte que todo ocurra en la Suecia del siglo libertino por excelencia, el XVIII. También en esa utilización irónica de la distancia temporal reconocemos la abierta discrepancia de Sjöman respecto a Bergman. No es tanto que se apele, como en el cine de éste, al origen histórico de la moral vigente: la historia es más bien un carnaval. 

O quizá es que, a estas alturas, a nosotros toda película en la que los actores vistan peluca y casaquín nos parecen una fiesta de disfraces. 

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