lunes, febrero 18, 2013

DEGUSTACIONES


Pobre Salvador Rueda. El espectáculo de las expectativas infundadas respecto a uno mismo, junto con el de la vanidad desenmascarada, da siempre un poco de pena. Quiere el azar que, con tan sólo unos días de diferencia, lea la semblanza que Felipe Benítez Reyes le dedica en su Bazar de ingenios y la nota que Federico de Onís antepone a los poemas del malagueño recogidos en su canónica Antología de la poesía española e hispano-americana (1882-1932), que acaba de reeditar Renacimiento. Y tanto el desenfadado tono del primero como la aparente pulcritud académica del segundo apuntan a lo mismo: a que a este poetastro coyuntural el destino quiso gastarle la broma de hacerlo reinar, siquiera fuera por breve tiempo, sobre le desolador panorama que ofrecía la poesía española en vísperas de la llegada de Darío -y, con él, de la plenitud del Modernismo- a la Península. Fue la posesión de este indisputado cetro ocasional lo que hizo que el malagueño se considerase de por vida igual en mérito y valía al gran poeta nicaragüense; y que, cuando el clima literario en España, después de aflorar Juan Ramón Jiménez, Unamuno, los Machado, etc. fue otro, dedicara su vida a peregrinar allí donde quisieran tributarle los honores que creía merecer.

De Rueda leí, en su día, la antología que le hizo su paisano Rafael Pérez Estrada para la Biblioteca de Cultura Andaluza. En aquella época mi fascinación por el Modernismo, en general, presentaba pocos matices, y el hecho de reconocer en este poeta a alguien que participó en cierta medida en aquella afortunada revolución literaria bastaba para encomendármelo. Luego he hilado más fino, y ahora los poemas de Rueda que encuentro en la mencionada antología de Onís me resultan ilegibles. En fin. Guardo en la memoria el recuerdo de un largo y un tanto espeso poema erótico del malagueño que en su día me gustó, y que Onís no recoge: Mujer de moras. Recuerdo que describía una de esas escenas de burdel castizo en las que, como en el caso de Gutiérrez Solana y Julio Romero de Torres, se resolvían las tentativas en este sentido de los artistas españoles de entonces: el narrador del poema cuenta cómo arroja moras maduras a una mujer desnuda, que se las estruja sobre la piel y deja que el jugo violáceo recorra su exuberante -así la pinta Rueda- anatomía, morosamente descrita... No voy a releerlo, por si acaso.


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Otras lecturas de fin de semana. Leo La pantera rosa baila un tango con Míster Hyde, primer libro de Margarita Bermudo, que en su nota de solapa hace constar que ha participado en el taller de escritura "impartido por José Mateos entre los años 2005 a 2009". Creo que no es la primera en indicar esa circunstancia en la solapa de un libro. Y es justo que así sea, porque, a juzgar por los resultados, podría decirse que José Mateos es, que yo sepa, el único poeta vivo que está logrando crear algo parecido a una escuela y transmitir con eficacia sus saberes y experiencias. Los poetas surgidos en su estela llevan, lógicamente, la impronta del maestro. Pero también, como ocurre en este caso, se les ha enseñado a volar por su cuenta. La voz de esta Margarita Bermudo es fresca y personal. Sus versos fluyen con naturalidad y gracia, con un desparpajo y una atención al detalle cotidiano que, si se me permite el dato histórico, costó mucho conseguir -y ése fue, creo, el logro más duradero de aquella época- a los poetas que, como el propio Mateos o quien esto escribe, empezamos a escribir en la década de los ochenta. Los poetas que han venido luego, en general, no han sabido aprovechar la lección; en los poemas de muchos de ellos -en los que yo he leído, al menos- han vuelto a aflorar los males de siempre de la poesía inexperta: la vaguedad, la imprecisión, el énfasis inútil, la obviedad... Menos éstos, que han tenido la suerte de disponer para ellos solitos de las lecciones de un gran maestro. Lo que no significa, ay, que estén en la mejor disposición posible para destacar en estos tiempos.


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Metidos a degustadores de logros ajenos, no hay motivo para no señalar aquí la excelencia -y no es broma- del bacalao con tomate que comimos el otro día en el bar La Plaza. Nos gustó tanto que, en contra de lo que suele hacerse en estas ocasiones de picoteo, repetimos... Lo que equivale casi a releer un buen poema que nos ha sabido a poco en su primera lectura.

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