martes, febrero 26, 2013

DIGA "A"

El escozor de garganta no me deja dormir. El mero reflejo de tragar saliva me resulta muy doloroso, y a estas molestias se une, no sé si por casualidad o por alguna concomitancia que se me escapa, una digestión pesada e incómoda. El caso es que no pego ojo, y que, al mismo tiempo que me angustio por todas las cosas que me veré obligado a dejar de hacer en los próximos días si caigo enfermo, se va imponiendo la evidencia de que a la mañana siguiente no me podré levantar, y que lo mejor que podré hacer a lo largo de ese día será descansar y recuperar fuerzas. Y casi me he resignado ya a ese curso de acción cuando oigo trastear a mi hija, que se levanta media hora más tarde que yo: mi despertador, como obedeciendo a una señal telepática inconsciente, no ha sonado. Lo que zanja la cuestión.

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La doctora es suramericana. Tímida, menuda, de voz y modales suaves. Muy jovencita. Se ve que todavía no se cree del todo su papel, y le cuesta darme las órdenes más elementales, cosas tan simples como "Diga A" o "Levántese la camisa para que pueda auscultarle". Cuánto tiempo pasará antes de que estos médicos jóvenes, que todavía se sienten algo azarados a la hora de representar su papel ante una persona de mediana edad, se tomen con uno esas irritantes confianzas que los de su gremio infligen a los viejos. El tuteo, por ejemplo: "¿Otra vez por aquí? Vaya, vaya, ¿qué te pasa hoy?". Ya me llegará. 

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Las pruebas en papel son otra cosa. En las de este futuro libro, cuyas cuartillas llenan ahora mi mesa, veo cosas que se me habían escapado en todos los PDF que había repasado previamente en la pantalla del ordenador. Incluso me atrevo -me lo permite la mera materialidad del papel- a ensayar el traslado de un capítulo de una sección a otra. También el escritor, como el pintor y el escultor, necesita tocar con sus manos la materia física de la que está hecha su obra. Y modelarla.        

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