martes, febrero 12, 2013

PUENTE Y ANIVERSARIO


Como el cumpleaños ha coincidido con el puente carnavalesco, la celebración -íntima, familiar- se ha extendido a lo largo de todos estos días. También, durante todo este tiempo, he tenido la tentación de acudir a este cuaderno y hacer una especie de balance vital del medio siglo concluido. El hábito de escribir aquí está ya tan arraigado que, casi sin quererlo, los pensamientos aparejados a determinadas ocasiones se me presentan en forma de entradas en este diario. Pero esa manera de adelantar mentalmente la escritura es también, en ocasiones, un modo de anular su necesidad. Y eso me ahorro. ¿Para qué venir aquí con una lista de logros y carencias, que necesariamente sonará a discurso complaciente? Mejor lo dejamos... no sé, para cuando cumpla los cien, por ejemplo, que entonces ya podremos hablar con conocimiento de causa. Porque, lo que es ahora, tiene uno la sensación de no haber concluido nada, de no haber hecho nada a lo que referirse con un mínimo de autoridad, de estar todavía dando los primeros pasos, tímidos e inseguros, hacia una meta que tampoco termina de perfilarse. Y esto es así, hoy, a los cincuenta, como lo era ayer y anteayer, a los veinte, treinta o cuarenta. O peor aún, quizá, porque posiblemente hace tres o cuatro lustros me sentía mucho más satisfecho de mis logros parciales, mucho más afianzado en lo que yo creía entonces el camino al cumplimiento de mis ambiciones, mucho más dueño de mis medios y recursos. Ahora me siento, en todo caso, más dueño de la capacidad crítica de evaluar mis carencias, lo que tampoco está mal. Pero...

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Viernes en el spa. Hacíamos uso -la inminencia de mi aniversario era una excusa tan buena como cualquier otra- de un bono para dos que nos habían regalado por Reyes, y que incluía sendos masajes "relajantes y exfoliantes" y una sesión de baños. Así que allá fuimos, a ese bullicioso centro deportivo y salutífero de cuya mera existencia no habíamos tenido noticias hasta el día anterior, cuando buscamos las señas del servicio. 

Lo primero, el masaje. Nos conducen, a M.A. y a mí, a habitaciones separadas, cada uno acompañado de una chica vestida con un uniforme negro de vagas reminiscencias orientales. Entro en una habitación a media luz, en cuyo centro hay una camilla. Hace un poco de frío. La chica, que habla en un tono muy bajo, un tanto cantarín, que me hace pensar si será suramericana o, simplemente, imposta la voz por necesidades del oficio, me dice que me desnude por completo y me ponga un calzoncillo desechable que me da en una bolsa herméticamente cerrada. Ella sale de la habitación mientras tanto, y yo, que no había tenido la precaución de venir en chándal, como he visto que hacen la mayoría de los usuarios del centro, me las veo y deseo para colgar toda mi ropa de calle en una exigua percha. Tanto, que cuando la chica regresa aún estoy en ello. La muchacha parece hacerse cargo de mi nerviosismo, y engola aún más la voz, como para tranquilizarme. Me ordena que me tumbe boca arriba, y ella se sitúa detrás de mi cabeza y se inclina sobre mí para masajearme el cuero cabelludo, la cara, los hombros y el pecho. Y me susurra algo que no acabo de entender, y que le hago repetir: "¿No ha pensado nunca en depilarse las cejas?. Tiene usted un cutis muy fino -me dice- pero las cejas las tiene muy descuidadas?". "¿Quiere usted decir que las tengo largas?". "No sólo eso. Es también la forma. Se las debería recortar para darles una forma más... masculina". Y como ve que yo asiento, se anima y me sugiere que debería hacer lo propio con las axilas, con el pecho... No soy un hombre peludo, simplemente nunca me he ocupado de quitar ni añadir nada a lo que me ha dado la naturaleza. Pero, como me dice ella, hoy día la mayoría de los muchachos -me halaga que me incluya en esa elusiva categoría juvenil- se depilan el cuerpo entero, y no tienen -y esto también me halaga- "un aspecto tan... primitivo. Y disculpe si le parezco indiscreta, pero es que me ha parecido que estaría usted mucho mejor si...". "No se preocupe -le digo, por decir algo-, mi mujer también me lo dice". En esto ya me ha hecho que me dé la vuelta y me masajea vigorosamente la espalda, las piernas, las nalgas. "¿Está cómodo?", insiste. La verdad es que tengo frío, porque la habitación no dispone de calefacción, y la sensación se acentúa cuando el masaje propiamente dicho da paso a la "exfoliación", que consiste en que te frotan el cuerpo con unas sales, hasta dejarlo liso y suave como la piel de un niño. "Debería usted hacer esto con más frecuencia, tiene algunas impurezas... Disculpe de nuevo si le parezco impertinente... Es que es usted tan callado, tan educado...". Lo que me hace pensar que, en esta extraña situación, esta pobre mujer se las habrá visto más de una vez con algún caradura que habrá aprovechado lo equívoco de la circunstancia para llevarla por otros derroteros. Y en esto oigo que la muchacha, algo cansada de hablarme de usted, me pregunta mi nombre. Con lo que aprovecho para devolverle la pregunta, acordándome inoportunamente de una de las máximas que más repetía un viejo conocido mío acostumbrado a contratar servicios corporales de otra índole: "Cuando les preguntes el nombre, diles siempre que te digan el verdadero, y no el de guerra. Eso las impresiona". Lo que, evidentemente, está absolutamente fuera de lugar en este caso. "Ana", me dice,  a la vez que me pide que me levante, me envuelva en una toalla y la acompañe a la ducha. 

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Y el sábado, contra mi costumbre tenazmente mantenida en lo menos los últimos veinte años, bajamos al carnaval. No es, desde luego, como yo lo recordaba: una enorme marea humana en la que uno se sumergía como en el mar. No, ahora una multitud mayoritariamente formada por adolescentes y veinteañeros de extiende casi uniformemmente por toda la ciudad, y crean un extraño efecto de dispersión, por el que en casi ningún punto cuaja el ambiente de alucinada confusión que yo recordaba como característico de la fiesta. Recorremos la ciudad sin convicción. Los bares están incluso más vacíos que en un sábado normal, porque las pandillas de adolescentes han comprado todo lo que necesitan en los supermercados y no hacen gasto. Y quizá lo único que no ha cambiado, y que me recuerda los apurados periplos de otro tiempo, es el hecho de que hay calles enteras encharcadas en orines, como si el único empeño de la multitud a lo largo de toda la noche hubiera sido contribuir a esa marea infecta y un sí es no es vagamente reminiscente de no sé qué calores cordiales.... Y el caso es que los numerosos urinarios que encontramos al paso están vacíos, e incluso aceptablemente limpios. Etc.

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