miércoles, febrero 20, 2013

PUNZADAS


En la semblanza de Juan Ramón Jiménez que antepone Federico de Onís a la sección que dedica al poeta de Moguer en su Antología de la poesía española e hispanoamericana, leo esta definición de Andalucía: "la Castilla más nueva"; es decir, una especie de tercera Castilla, más abierta y cosmopolita que las otras dos, pero también receptora -y luego difusora- de las esencias más hondas del viejo reino castellano. No creo que, por aseveraciones como ésta, vaya a tener asegurado Federico de Onís un puesto destacado en los altares de la modernidad particularista que hoy se practica en las distintas regiones españolas. Pero el caso es que, desde su aparente pulcritud académica, va incluso más lejos: cuando, por ejemplo, se refiere a los distintos poetas "regionales" que afloraron en el cambio de siglo, señala acertadamente el enorme -y "monótono", dice- parecido que hay entre todos ellos, hasta tal punto que lo que escribe un poeta localista de la Pampa argentina o del Uruguay, por ejemplo, se parece como una gota de agua a otra a lo que escribe uno de Extremadura o de Castilla. En cambio -dice, con admirable retranca- la personalidad regional se muestra nítida e inconfundible, como un acentuado rasgo de carácter, en los poetas -cito literalmente- "universales y cultos", a saber: el vasco Unamuno, el catalán Marquina, el andaluz Machado, el asturiano Ayala, el gallego Valle-Inclán, etc. Lo que también da que pensar.


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Algún medio de comunicación echa hoy en cara a la actriz M.V. que, después de haber hecho anuncios de hipotecas, aparezca luego en la entrega de los premios Goya declarando su solidaridad con los desahuciados por los bancos. Lo que, quizá, sea llevar demasiado lejos las cosas: haber aparecido en un anuncio de, pongamos, la Coca Cola no lo convierte a uno en un factor coadyuvante a la obesidad, la diabetes u otros males asociados al consumo de productos azucarados. Pero sí es cierto que, cuando se vive de la propia imagen, hay que procurar que las comparecencias públicas de uno guarden cierta coherencia. El público soporta mal que una misma cara bonita le venda hipotecas y luego denuncie los abusos bancarios. Digo yo. 

Lo que me recuerda, miren por dónde, un viejo prejuicio que nunca he podido superar respecto a otro popularísimo actor español, el hoy reputado y ayer denostado cómico Alfredo Landa; que, tras décadas de encarnar sin reparo los tópicos más groseros y complacientes respecto al español hirsuto y carpetovetónico, se redimió con una rápida y superficial carrera en la que pudo representar papeles aparentemente más hondos y complejos, aunque no sé si más verdaderos, en un cine presuntamente tocado de otras preocupaciones. Puede que no tuviera elección; pero cada uno es hijo de sus actos, creo. Y un baño de progresismo a destiempo no redime a nadie de pecados pasados; si es que esa redención, por otra parte, es necesaria, o cotiza en algún hipotético mercado de conciencias inmaculadas.


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La jubilación e inminente marcha de este compañero nos ha cogido con el paso cambiado. Hoy ha venido a la última reunión de trabajo en la que vamos a coincidir. No teníamos preparado ni un mal obsequio, y sí un montón de demandas y exigencias respecto a los asuntos que dejará pendientes. Lo que me causa no poco malestar, y me recuerda lo mucho de despiadado e inhumano que tiene este trabajo. Yo mismo dejé de esa misma manera desangelada el centro donde había trabajado diecinueve años; y, aunque entonces no me importó, ahora siento, al acordarme, una especie de punzada retrospectiva, en la que intervienen sentimientos más bien contradictorios. Cosas de la vida. Nadie es imprescindible en ninguna parte. O sí, quién sabe, y a lo mejor el hecho de que la mayoría de las cosas que emprendemos los humanos queden cojas o incompletas se debe a esta defectuosa manera de darnos el relevo.

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